LA COLUMNA
La Columna

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
Hazaña ajena
El encargo era contar una historia. Pero no podía ser cualquier historia. Tenía que ser una que tratara sobre el tema de moda, el partido de futbol del que todos hablaban. Los campeones Xolos, tan populares como jóvenes y exitosos, contra las Águilas, tan queridas y odiadas como longevas y decadentes a última fechas. No batallé demasiado para encontrar al protagonista de mi relato. Fue sencillo. Alguna vez lo vi sufrir por alguno de los tantos malos momentos vividos por el América recientemente. Hoy, al paso de los años y las decepciones, decidió cambiar de colores, ya superados los cuarenta años de edad. Se llama Carlos Ramón Romero. Le dicen el “Rampa”. Antes, orgulloso, vestía de amarillo y azul cada vez que asistía a alguno de los encuentros dominicales que sostiene como futbolista de la categoría veteranos. Ahora regala cuanta prenda le queda en esos tonos. Sus nuevos colores son el rojo y el negro. Se transformó. Mutó de águila a xoloitzcuintle. Ahí estaba mi historia, la historia que me encargaron. Lo entrevisté y lo escuché narrar totalmente convencido esa reacción que jamás entenderé: pasar del amor al odio por un equipo. Porque lo de él no fue una simple decepción y un cambio al azar. No, lo de él fue un adiós por despecho, una ruptura en malos términos, un odio visceral a todo lo que se tiña en tonos americanistas. Durante la charla me contó que se encontraba en la tarea de recolectar 150 dólares para rentar un boleto que le permitiera ver el juego en vivo dentro del estadio Caliente. De lograrlo, me dijo, iría vestido bien identificado con su nuevo amor: chamarra, gorra y camiseta de los Xolos. Redacté el texto y lo envié. La nota generó polémica. Algún comentario a favor. La mayoría en contra. Yo coincido con la mayoría: cómo cambiar al equipo de tus amores sólo porque sus directivos o jugadores de paso no han estado a la altura de su historia. Pero quién es uno para juzgar los afectos ajenos. Finalmente ignoro si consiguió los 150 dólares a través de los cuales obtendría el pasaporte para ver en vivo al actual equipo de sus amores y al antiguo equipo de sus amores. El juego, como lo sabe cualquier aficionado al futbol en México, fue inolvidable. Las águilas, con nueve jugadores en la cancha por casi una hora, derrotaron al campeón y hasta entonces súper líder en su propia casa. Una hazaña como las de antes, a la altura de cualquiera de las que se registraban cada semana en la década de los años ochenta, coloreadas en amarillo y azul. Al terminar el encuentro fue inevitable, sólo pensé una cosa: de lo que te perdiste, mi estimado “Rampa”.
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