Apuntes perdidos

Apuntes perdidos









Por Marco Antonio Domínguez

Tiro derecho. La imagen mostraba a rojos y blancos dándose con todo en pleno terreno de juego y en pleno Clásico Mundial de Beisbol. Los de rojo violaron uno de esos códigos establecidos cuando la ventaja es considerable y los blancos apelaron a uno de esos códigos establecidos para cobrar venganza cuando se sienten ofendidos con una afrenta de tal especie. Después del toque burlón de los de rojo vino la recta a la espalda salida del brazo del pitcher de blanco. Los de rojo eran canadienses, tierra de Hockey, no tanto de beisbol. Los de blanco eran de México, tierra de boxeadores, no tanto de beisbolistas. La trifulca monumental finalizó igual que el juego de beisbol. Lección: a “tiros derechos”, nadie como los canadienses. Se lo deben al Hockey.

De la cancha al banquillo. Los cabellos premeditadamente levantados le quitan solemnidad a su imagen, tan distinta a la del resto de los directores técnicos. Cuando miro su peinado, lo imagino dando forma con las manos al corte, siempre moderno con algunas luces o rayos o como sea que le llamen a ese tono entre amarillo y dorado que combina con el oscuro natural del resto de la cabellera. La vestimenta tampoco es discreta: el traje o la gabardina siempre acompañados de una especie de bufanda, y los zapatos oscuros combinan un toque en naranja o algún otro color vivo que contrasta con la seriedad del atuendo. Al declarar lo hace con seguridad y responde hasta a las preguntas más ofensivas (por improvisadas) de algún fanático con acreditación, camuflado entre los periodistas. Como técnico, Mohamed, en Tijuana o en cualquiera de sus anteriores experiencias, es discreto, serio y mesurado, aunque use rayitos o luces o como se le llame a ese tono que muestran sus cabellos premeditadamente levantados, o sus zapatos oscuros con tonos naranjas o algún otro color vivo. Algo tenía que quedarle al “Turco” de aquel futbolista virtuoso, pintoresco y hasta genial que fue.

Como los de las películas. Cuando decidí trabajar en un diario, imaginé una redacción como las de antes, con un montón de bohemios de esos que aparecen en las películas sacando de algún cajón la botella de whisky mientras debaten con pasión la manera de joder a la autoridad (premisa sin la cual un periodista no puede ser considerado periodista). No hallé tal panorama. Todo lo contrario. En vez de personajes de ese tipo, encontré tipos especializados en ejercer el periodismo de trampolín, especialidad consistente en hacer todo lo contrario: escribir lisonjas hacia la autoridad con el fin de terminar trabajando para la autoridad. Por fortuna un día llegó Raúl Organista, periodista culto y bohemio (aunque le vaya a las Chivas) como esos de las películas. Por desgracia para los lectores de su “Tinglado”, Raúl Organista dejará de trabajar en El Vigía para hacer lo que mejor sabe hacer (después de escribir, obviamente): disfrutar los placeres de la vida.

¡Shtttt! El campo de beisbol infantil es hermoso. Pasto impecable, bien colocado. Casetas limpias, recién construidas. Lo utilizan los beisbolistas más pequeños. La tribuna, donde los padres de familia echan porras a los chiquillos, también es nueva. El pequeño diamante está en la unidad deportiva Sullivan, aunque la autoridad no informe ni comunique. En el instituto del deporte de Ensenada son leales a sus principios. El silencio es inquebrantable.