APUNTES PERDIDOS
Apuntes perdidos

Por Marco Antonio Domínguez
Patria y futbol. La misma historia de cada cuatro años. Los comentaristas patrioteros ofendidos porque la afición centroamericana pita, silba, grita y mienta madres mientras suena el himno mexicano. Desde el micrófono y desde las redacciones lanzan condenas contra la falta de cultura cívica de los anfitriones e invitan a la afición local a dar una lección haciendo una cosa que no harán: respetar el himno de los centroamericanos cuando vayan al azteca. Tan fácil que sería sólo hablar de futbol. De lo demás que se ocupen los sociólogos.
Goles devaluados. Me preguntan si veo el juego. Como respondo de modo afirmativo, me encargan la crónica del mismo. Miro el cronómetro en lo más alto de la pantalla: 2-0 a favor de México, minuto 75. Minimizo la ventana donde veo el juego (sin volumen porque olvidé los audífonos y me encuentro en un café cuyos clientes no tienen porqué padecer a los señores narradores) y abro el documento de Word donde estoy a punto de escribir la crónica que me encargaron. Empiezo la nueva aventura de contar la historia de un juego de futbol, aunque sea a la distancia, la fría distancia de un montón de kilómetros acortada tramposamente a través de la pantalla de la computadora portátil. La historia tiene un héroe: Javier Hernández, el “Chicharito”, anotador de los dos tantos mexicanos cuyo valor es de tres puntos. Recapitulo lo acontecido hasta ese momento. Miro el reloj y apenas han pasado tres minutos. Me asombro de la rapidez con la que he relatado lo sucedido hasta ese momento. Pero me asombro más de la rapidez hondureña. Cuando maximizo la ventana donde veía el juego, encuentro a Memo Ochoa tendido después de fracasar en su intento de detener dos veces el mismo penal. Empate a dos. Goles locales al 76 y al 79. Hasta que la televisión repite ambas acciones descubro lo que me perdí en esos tres minutos cuando escribía sobre los dos goles del “Chícharo”, devaluados en tiempo récord: su valor, al final del partido, sólo un punto.
Congruente. He visto al Chepo declarar en los buenos momentos: serio, parco, cortante, hasta grosero, ofensivo, aun después de vencer a los Estados Unidos en la final de la Copa de Oro con una remontada épica que significó el pase a la Copa Confederaciones. He visto al Chepo declarar en los malos momentos: serio, parco, cortante, hasta grosero, ofensivo, después de juegos como aquel amistoso contra Estados Unidos que significó la primera derrota ante el acérrimo rival en el mismísimo Estadio Azteca. No lo he visto, pero creo adivinar la postura con la que salió el Chepo el viernes a la sala de prensa del estadio de San Pedro Sula, después de iniciar la eliminatoria mundialista con empates ante Jamaica y ante Honduras.
Otro congruente. El presidente de la Federación Mexicana de Futbol asegura que mostró su dedo medio a unos aficionados hondureños porque sufre de una lesión que se lo deja así como apareció en una grabación: paradito. Justino, con su declaración, correspondió a todos los adjetivos que de forma generosa le han dedicado a lo largo de su carrera como directivo del futbol mexicano: mentiroso, cínico, cobarde y demás calificativos que aplican pero que por el momento escapan a mi memoria.



