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Por Marco Antonio Domínguez Niebla

El amigo Claudio

Los pendejos eran la causa de nuestra charla de esa tarde en el café de costumbre. Le exponía mi muy mexicana explicación sobre la seriedad de la fractura que sufrí en un brazo por subestimar a un pendejo. Y él, en su muy argentina explicación, me contaba que un pelo en la sopa no es lo mismo que un pendejo (vello púbico) en la sopa. O que uno cuando es un pendejo (joven e inmaduro) suele cometer errores a causa de la inexperiencia. Así algunas de nuestras charlas, sin faltar la debida actualización sobre el presente de “El Rojo”, como él y todos los hinchas (palabra que trato de utilizar cuando conversamos, aun con mi muy marcado acento mexicano-fronterizo) le llaman a Independiente, El Rey de Copas, el mítico equipo argentino del gran Bochini, por mencionar solo a uno, el más representativo, tal vez, entre tantos grandes futbolistas que han pasado por sus filas. Cuando lo veo en una pausa, ocupando la gran mesa que todos nos peleamos en el café de costumbre, entre papeles y apuntes numéricos y símbolos que miro con espanto frente a su habilidad para explicarlos a sus dos nenas o algún discípulo citado en el lugar, me acerco para provocar el encuentro. ¿Qué tal, Claudio, vio que viene a Tijuana otro paisano suyo? Ya ni me diga, mis paisanos nada más vienen a cobrar, me responde, crítico, cuando agrego mi asombro por ver la ineficacia de la mayoría de ellos que, cuando regresan a algún equipo de su país, vuelan como avión recién aterrizado en Ezeiza vía cualquier destino mexicano. También hemos intercambiado literatura: ¿Cómo que no ha leído “Papeles en el Viento”, la novela de Sacheri en torno al amor de un cuarteto de amigos por Independiente?, o ¿cómo que no ha leído “La Pena Máxima”, la novela del peruano Roncagliolo sobre la complicidad entre la dictadura argentina y la de su país en pleno Mundial del 78? Y él: Marco, le traigo un libro con las entrevistas del programa que me dijo que le gusta, el de Perfumo y Víctor Hugo, “Hablemos de futbol”, es suyo. Del mismo modo me ha enviado una serie de relatos escritos por él que he publicado a modo de columna debido a su calidad y calidez. Pero de eso ya hace tiempo. He dejado de frecuentar ese café. Creo que él también. Volví esta semana más que nada en busca del encuentro con ese hombre de mirada tranquila y amable, su cabello largo y recogido, el argentino gracias a quien, por cierto, he probado por primera vez el mate, esa bebida amarga que compartida por un amigo sabe tan bien. Pese a que soy un seguidor confeso de River, el club al cual me sentí atraído desde que vi la franja roja atravesando el pecho como fuego, no he contado con la suerte de encontrarlo para describirle mi emoción luego de seguir la final de la Copa Sudamericana donde el Independiente de un técnico tan diferente al resto, Holan, le ha devuelto el brillo a uno de los equipos más legendarios del futbol mundial, apelando al amor por colores, nada más y nada menos que frente a Flamengo y en el mismísimo Maracaná. ¿Qué más podrían pedir los hinchas que ver a uno de los suyos dirigiendo desde el banquillo y festejando ahogado en llanto como uno más de ellos? En fin, ya habrá tiempo de intercambiar ésta y otras historias con él, sentados en la gran mesa del café de costumbre o en cualquier lado, como la de esos chicos aún con cara de niño: Barco, Bustos y Franco, los tres de titulares y jugando una final continental con El Rojo, como grandes, como todo, -y en la más argentina de las explicaciones-, menos como pendejos.







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