APUNTES PERDIDOS

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
Apostador madrugado
Mi amigo David parecía tan decidido que me llevó a dudar. Pero terminé por convencerme de que no cabía posibilidad de error. Los cronistas lo decían por televisión y los futbolistas preparatorianos lo decíamos en la escuela con una certeza tal que sólo esperábamos la consumación del hecho histórico: el Madrid de la Quinta del Buitre y Hugo Sánchez era imbatible y recuperaría la Champions, entonces esquiva por más de 20 años. Y acepté el desafío. Jamás he padecido insomnio. Tampoco como adolescente. Por el contrario. Así que los domingos eran de pararse más allá de las nueve en espera del juego de la Liga Mexicana, seguido por el del Real Madrid que pasaba alrededor del mediodía por el Canal 2, ya fuera grabado o en vivo. Al parecer, mi amigo David tenía mejores costumbres que yo en ese sentido. Y cada domingo, en un horario criminal para cualquier ser humano que sepa disfrutar de una buena noche de sábado, por ahí de las seis, en Imevisión (televisora pública luego convertida en TV Azteca), con Joserra y sus narradores estelares: Orvañanos, Albert y Francisco Javier González, entre otros, transmitían el mejor partido de la Liga Italiana. Y mientras mi amigo David era de despertarse temprano, yo seguía dormido. Por eso, cuando se anunció el cruce Milan-Madrid, me sentí con todas las ventajas. “¡Va!”, dije, incluso compadeciendo a mi amigo David, que parecía corresponder con aquello de la compasión al momento de pactar. Él tenía razón. Había descubierto durante sus mañanas dominicales al equipo que revolucionaba el futbol mundial y que hoy todavía es referencia: El Milan de Sacchi. Yo, de levantarme tarde, me maravillaba con el Madrid.
Pero llegó un mediodía de abril de 1989, entre semana, cuando descubrí al Milan en el peor momento, justo en esa serie de Champions: 5-0 en San Ciro a favor de los locales.Eliminatoria sellada ahí mismo. Igualmente sellada, al instante, mi afición por el Madrid. Irrumpió entonces el Barcelona de Cruyff y pasé a la vereda de enfrente, más por despecho por el blanco que por el virtuosismo azulgrana. Por casi una década, como una especie de desahogo frente al desengaño, disfruté cada eliminación europea del merengue hasta que el hechizo fue convertido en trizas, hecho añicos, primero por la generación de Raúl y Los Galácticos, y después por la de Cristiano. Hay cosas que uno nunca aprende. A levantarse temprano, por ejemplo. Pero, por muy contumaz que uno sea, hay otras que deben corregirse: hasta hoy sigo sin apostar, menos si hay Champions de por medio, y mucho menos si juega el Madrid.
*El autor es colaborador de AGP Deportes.



