Real Madrid






Por Marco Antonio Domínguez Niebla

En el cine (Y como de costumbre…)

La sala está por llenarse. Sólo queda un boleto disponible. “49 pesos”, dice la chica de la taquilla en respuesta a mi pregunta. Lo tomo. Apenas se han jugado dos minutos cuando miro la gran pantalla en camino a la penúltima fila de la Sala 3. “Asiento K-12” de “Cinépolis Macroplaza Ensenada”, dice el papelito ya recortado a la mitad. Hay un chico en el primero asiento, atento al juego, que apenas mueve las piernas cuando le dirijo el con permiso. Me siento y al otro costado encuentro a una señora con sus niños y su canasta de palomitas, nachos y refrescos, que les hace más caso a los segundos y a los primeros. Tengo suerte: he encontrado vecinos silenciosos, cada uno concentrado en lo suyo. Lo que sigue son 25 minutos, o tal vez un poco más, de dominio agobiante. Liverpool no resiente la falta de experiencia de los chicos que pretenden revivir la herencia copera de otras décadas. Mané desborda por izquierda, Salah inquieta por derecha, la media cancha aprieta, muerde, le da toque y no deja respirar al Madrid, el resucitado gigante europeo que no halla la suya en Kiev.

Entonces, antes del 30, cambio de panorama. Ramos se trompica, cae, parece una jugada limpia, de rutina, fuera del área, pero se ha llevado por delante a Salah, la sensación egipcia cuyo llanto confirma los temores de la grada pintada de rojo: lesión en el hombro, sustitución inmediata. El capitán madridista ha tejido una jugada fina y además ha hecho el trabajo sucio: la gran figura rival está fuera de batalla. Liverpool parece desarmado, sin reacción. Los merengues aprovechan.

El cine despierta, e incluso la mayoría que apoya a Real Madrid aplaude, más con reconocimiento que con pesar, la partida del lateral derecho, Carvajal, también lesionado. Saben que los Reds han perdido al mejor de sus hombres. En cambio su equipo únicamente ha sufrido la partida de uno de los pocos obreros en esa plantilla de artistas. Medio tiempo. Bajo al baño y a buscar algo en la cafetería. Regreso para ver el segundo tiempo, con la curiosidad de descubrir si el eléctrico Klopp será capaz de ganarle la partida táctica a Zizou, el motivador .

Si Ramos y Salah habían sido protagonistas después de la llave de judo que el sevillano el aplicó al musulmán para enseguida caer sobre él y su hombro, los dos verdaderos responsables del desenlace estaban por aparecer. Lo hace primero el portero del equipo inglés, el alemán Karius, al tratar de ceder el balón a un compañero sin imaginar la viveza de Benzemá, que sólo metió el pie para abrir el marcador. Más con orgullo que con futbol, Liverpool empató de inmediato: tiro de esquina, recentro ganado al capitán Ramos y Mané la echa adentro. La toma de la televisión se va sobre el portero Karius, que festeja, aliviado. Pero la paz habría de durarle tan poco.

Y es que, ante un Cristiano sometido por la defensa inglesa en cada intentona, estaba por hacer su aparición estelar, de cambio por Isco, el gran héroe de la noche: el galés Bale, quien dijo presente con una chilena brutal que regresó la ventaja al hasta entonces bicampeón defensor. Mis vecinos de fila seguían como al principio, él sin evidenciar al equipo de su predilección y ella reposando el atracón ya con la charola vacía. En contraste, el entorno era de fiesta: adolescentes y adultos treintones abrazados, chocando sus manos y expresando frases como la replicada por los eufóricos ocupantes de la fila de enfrente: “no mames, qué pinche golazo”.

Luego de un nuevo acierto de Zidane, enviando a la cancha al hombre que plasmó la postal de la noche, otra vez Mané amenazó con un balazo al poste. Fue la última para Liverpool, mas no para los dos protagonistas de la noche, cuyos destinos, uno épico y el otro trágico, estaban por unirse cuando Bale pateó desde muy lejos y Karius metió las manos a ese balón, aparentemente de rutina, pero pudo tomarlo hasta que fue a recogerlo dentro de la portería. Final de la historia: Real Madrid festeja la décimo tercera. Silbatazo y encendido de las luces en la sala. Me siento raro. Casi todos visten algo distintivo en blanco con las tres líneas de Adidas. Muy pocos visten algo que los identifique con Liverpool. Así pasa cuando está en competencia un gigante de la talla del Madrid: están los que van a verlo ganar finales y están los que van verlo perderlas, sin importar el equipo que esté enfrente. Los primeros se quedan en sus asientos, y así detecto que mis dos vecinos sonríen mientras esperan la ceremonia de premiación, como buenos madridistas. Los demás salimos.







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