México






Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Politiqueros vs. futboleros

Jamás he pretendido disuadir a nadie. Ni a los más cercanos siquiera. Tampoco hay quien haya intentado disuadirme a mí, hacerme cambiar de opinión. Sería perder el tiempo. Puedo ser el aficionado más radical por la pasión a mis equipos, a mis colores. Pero es cosa mía. Los demás qué culpa tienen. Ellos traen detrás de sí su historia, tan propia que lo que a uno le queda es respetar y cerrar la boca. No me imagino pidiéndole explicaciones a un amigo porque le vaya a Chivas, o discutiendo porque otro de ellos festeje con euforia el montón de títulos ganados por el Madrid. Mucho menos me veo cuestionando la pasión que alguien cercano profese por Pumas o Cruz Azul o cualquiera del resto de los competidores de la liga mexicana. Y ni qué decir de tantos conocidos de la región que enterraron su pasado para renacer como aficionados al futbol a través de los locales Xoloitzcuintles. Entre futboleros, la mayor de las intromisiones a la elección del otro es regodearnos frente a su desgracia publicando memes o elaborando frases ingeniosas e hirientes que acentúen la desazón ajena. Vaya que tengo amigos con los que coincido, del mismo modo que hay con quienes discrepo. Y nunca ha pasado nada, más allá de alguna discusión breve, incluso amistosa, soportando el embate y esperando la oportunidad de regresarlo cuando el resultado le sea esquivo al contrincante. Lo mismo con los mundiales. Están aquellos que sufren frente al destino de fatalidad que persigue a la selección mexicana, ese ente manejado comercialmente para mover las emociones de las masas vía el futbol y que suele estancarse donde mismo en cada cita demostrando que no da para más ni para menos, por más que desde el televisor nos traten de convencer de que esos chicos, más famosos por sus juergas que por sus resultados en la cancha, de repente responderán y todo será mejor que hace cuatro y hace ocho y hace doce y así cada cuatro años hasta cumplir los veinticuatro, pasmados frente a la posibilidad del utópico quinto juego. No es mi caso. Pero quién soy yo para arrebatar la ilusión de tantos frente a la insignificancia de mi opinión. Son códigos, cosa de futboleros, esa especie tan lejana a los fanáticos de la política que enaltecen todo lo que dice el candidato de su predilección mientras descalifican todo lo que dice el contrincante como si su sola palabra tuviera el embrujo de disuadir y cambiar la opinión, perdiendo el tiempo, sobre lo que los demás piensan de esos señores por los que ni vale la pena discutir. Mucho menos enemistarse.

*El autor es colaborador de AGP Deportes.







Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.