RÉPLICA (Máscaras, cabelleras y el folklor)

Por Fernado Ribeiro Cham
Máscaras, cabelleras y el folklor
Lloviznaba sobre Reforma, mientras alcanzábamos ese monumento revolucionario de acero neoyorquino, paradoja de las políticas arancelarias que hoy se han convertido en el vaivén de la relación bilateral, cuando a un costado del mausoleo donde yacen las criptas de Madero, Villa y otros héroes o villanos, según el autor de la historia, se llevaba a cabo una “batalla de freestyle”, una forma de vencer al otro a través de la rima musical, juzgada por especialistas y por el público que no era menor a los 100 espectadores. Del otro lado, una veintena de parejas bailaban danzón, haciéndonos recordar que hay otra juventud que despierta a pesar de las canas y arrugas que yacían en aquellos que bailaban de forma pausada y sincronizada.
Caminamos más y Televisa apareció. Tantos viajes que había hecho a la Ciudad de México, entonces Distrito Federal y esta era la primera vez que la caminaba, que desnudaba sus calles en cada paso y es que antes era el aeropuerto, la CODEME o la CONADE, la Cámara o el Senado, pero nunca la Roma, la Condesa, la Doctores y después del semáforo me trasladé, 25 o 30 años atrás, de la mano de mi madre o de mi tío Mario, con Mario Alberto o José, llegar por papitas o soda que de forma clandestina ingresaban al Tigre García. “Te ves emocionado”, me dijo mi pareja, mientras yo miraba las máscaras de aquellos que en los finales de los noventas llegaban al recinto de la calle novena o si nos remontamos un poco antes, a aquel “palenque” de la manzana 8, donde hoy es el CEARTE. “Allí está la de Canek”, “¿tendrá la de Lizmark o la de Atlantis?”, “mira, la de Máscara año 2000 y la de Psicosis”. Estaba extasiado.
Niños sobre los hombros de sus padres, extranjeros con cerveza en mano y la camiseta de Octagón, jóvenes en sus veintes, muchos. De pronto entendí que la lucha libre es como esa película que hemos visto y cuyos diálogos podemos decir una y otra y otra vez, pero volvemos a verla. La primera caída para los técnicos, la segunda para los rudos que se aprovechan del 2 a 1 o 3 a 1, impensable para los del otro bando, luego un error de un rudo, un manotazo esquivado o una patada atrapada y viene la remontada de los técnicos.
Estos tipos que seguramente tienen un empleo matutino y que lo mismo pelearon ayer sábado y lo harán mañana lunes, son parte de nuestra cultura, porque aquí entre la mentada de madre, la más básica coreografía de las edecanes o la cerveza doble, se respira la mexicanidad, como el México guadalupano, como la honestidad que le expresamos al taquero al pedir la cuenta o esa canción que han repetido ya por cuarta vez en el Tenampa y se canta a todo pulmón.
Volví a mi infancia y disfruté tanto esas dos horas en las que no importó que el guion fuera el mismo en cada pelea.
Salí de la Arena México con la nostalgia de quien se ha encontrado con un viejo amigo, pero también con algo de tristeza, porque en mi Ensenada que tanto ha crecido hacia el este y el sur, hace mucho que no llegan espectáculos como los de antes, porque la lucha libre, el buen teatro o incluso los cines cómodos y limpios, fueron parte de una Ensenada que ya no es.
“Porque recordar es vivir y todos queremos vivir más”, canta Alex Lora y el TRI. Nostalgia, reencuentro entre el presente y aquel pasado que tantas sonrisas dio.




