RÉPLICA (Receta)

Por Fernando Ribeiro Cham
Receta
En la mesa de un café altamente frecuentado de la ciudad, siete personas se encontraban sentadas hablando sobre la nueva anomalía cometida por el presidente de la organización que agrupa a los clubes o equipos allí representados y algunos que no están. Un entrenador, dos padres de familia, un árbitro o juez, según el deporte que guste imaginar, un presidente de club, un jugador y un ex afiliado que ahora, desde afuera, comparte algunas de las ideas para que los otros seis no pasen por aquello que lo llevó a retirarse del asociacionismo deportivo.
El ánimo era fervoroso, todos con la plena convicción de que “ahora sí”, el reinado de aquel que no sesiona, no transparenta los recursos y no quiere dejar el puesto, iba a terminar ya en un par de semanas. No sabían, porque el entusiasmo nubla muchas veces la realidad a la que la “primavera árabe” le es inexistente.
El entrenador, molesto a tal modo que pidió el café negro y lo ha bebido ya a tres cuartas partes de la taza de 16 onzas, explicaba lo difícil que es sostener un club, cuando los jóvenes y especialmente los padres de éstos, se cambian de club en club con promesas de que finalmente el talento de sus hijos podrá competir en la duela o el tatami, la alberca o la pista con las siglas de la selección que hasta ahora no han podido integrar. En el Facebook se ha publicado la lista de nombres de los entrenadores titulares y asistentes de las selecciones. El del ya no tan iracundo entrenador, aparece. Ahora serán los integrantes de los otros clubes los que desearán entrenar para el titular de la selección de la categoría respectiva. La taza no quedó vacía.
Los padres de familia siguen diciendo que aunque ellos respetan las decisiones técnicas, no comprenden la razón por la que sus hijos han sido excluidos ya, en dos ocasiones de los representativos, pues son mejores que los niños del club, dojo o academia, de quien por la mañana usa la “cachucha” de entrenador y por la tarde la de delegado, representante, presidente, mandamás del deporte que tiene encantado a los sus hijos. El entrenador que ahora está apaciguado y siente en el pecho el orgullo de ser el seleccionador, les ha informado a ambos que con el poder otorgado por el dual jefe superior, hoy puede garantizarles a los dos que no habrá un tercer corte para los muchachos. Se ha hecho justicia, piensan los papás.
El árbitro mira el reloj, venía porque en lo personal le lastima haber sido castigado por la asociación o la liga, lo que usted quiera pensar en este momento. Le duele en lo económico, porque de los de esta mesa, es quizás quien ve al deporte como el sustento para llevar el pan al hogar, algo más que un tema recreativo. El árbitro no solo piensa en la urgencia económica en lo que lo ha metido la todavía no entendible sanción, le duele, le atormenta, le entristece no poder compartir con los que son ya más que simples compañeros de labores, sino que son sus amigos, el salir del cuarto de árbitros, el reunirse para discutir si la falta fue flagrante o no y al final, si la esposa lo permite y la jornada ha sido buena, poder tomarse un par de cervezas con aquellos con los que ahora existe una división, no causada por él, según les dice a los de la mesa. Ha aceptado el castigo. Dos semanas de no silbar y un mensaje que ha enviado antes de llegar al café, han sido la salomónica decisión.
El presidente del club ha permanecido hasta ahora en silencio, parece escucharlos con suma atención, pero lo que no se ha comentado, ni los otros sospechan, es que ha recibido, antier, la invitación para ser el próximo secretario de la liga, la asociación, acompañará al que hasta hace poco era su adversario declarado. Ya lo decía el libertador Lincoln, “yo venzo a mis enemigos, convirtiéndolos en mis amigos”, aunque en este caso, la secretaría del organismo deportivo, ha sido la prueba de la naciente amistad.
El ex afiliado, el que fue expulsado hace uno años y renuente al perdón por la falta inexistente, se ha mantenido allí, pide unidad para poder derrocar al que tanto ha lastimado a los de la mesa. Habla sobre la importancia de no dejar que el desánimo decaiga. Él, sin ya el acalorado debate del inicio, cambiado por un silencio sepulcral, insiste en que las cosas pueden cambiar. No lo entiende, ni lo hará. Ha escuchado tantas veces el “nada cambiará”, seguido del “lo mejor es que nos disculpemos y volvamos a la agrupación”, que cada día la esperanza se ve reducida.
Hay un silencio en la mesa, como el de la arena abarrotada después de que el boxeador ha caído a la lona. Todos han enmudecido por un momento. Aquel del que tanto se ha hablado y que por obviedad no había sido invitado al café, ha ganado. Lo de hoy se repetirá. Habrá otros cafés.




