Las batallas de Zapata

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
Me costó encontrarlo. Convencerlo no tanto. Conseguí su número, lo llamé y le expliqué que el podcast va de reconocer trayectorias de gente como él, inspiradora, tesonera y exitosa, pero, por sobre todo, va de presentar el testimonio de quienes han hecho algo, quienes han trascendido.
Aceptó. Solo pidió que pasáramos por él a su casa y luego, finalizada la charla, igualmente lo regresáramos. Así quedamos: 30 de septiembre de 2024.
Lo reencontré disminuido. Poco quedaba de aquel hombre vigoroso que caminaba toda Ensenada entregando sus programaciones, hechas a puño y letra, para luego meterse dentro del gimnasio que lo marcó y que le concedió el mejor rol de su vida: el de la lucha por algo.
El revolucionario Jesús Zapata que se fajaba en las canchas al aire libre y al rayo del sol, con una camiseta atrapada entre su cabeza y su cachucha, y más tarde al interior del ya mencionado gimnasio transformado, para bien, el destino de tantos jóvenes basquetbolistas, no era el mismo.
Nos costó llegar al estudio ubicado en un segundo piso: él a paso lento, escalón por escalón, y nosotros a su lado en esa especie de Everest, pacientes y custodios de su andadera y su montón de papeles tramitados ante las tantas autoridades a las que hizo antesala en algún momento de su vida.
Cumplida la misión de dejar atrás esos peldaños comúnmente superables en cuestión de segundos, ya sentados frente a frente, micrófonos de por medio, charlamos de su vida, charlamos de todo: su natal Aguascalientes, su arribo a Ensenada, su liga de basquetbol nacida en 1989, su rol de Quijote incomprendido en batalla perenne contra esos molinos de viento personificados en cada funcionario público y en cada dirigente de otra liga del mismo o de otro deporte, a quienes enfrentó en defensa de su gimnasio.
Sentí, entonces, que el tiempo no había pasado desde la primera vez que platiqué con él, hace más de 30 años: el mundo en su contra, los malditos funcionarios (hasta los que le dieron su nombre al gimnasio), los promotores oportunistas, todos iguales, todos cortados con la misma tijera, todos jalando agua a su molino y atentando contra el suyo.
Más de una hora de charla antes de emprender la retirada. De nuevo, escalón por escalón, ahora cuesta abajo, el descenso hasta llegar al auto.
Platicamos más en el camino. Fue una prolongación de los temas tratados durante el podcast (sus temas a final de cuentas). Depositado en su casa, nos despedimos. Fue para siempre.
Zapata —no podía llevar otro apellido— luchó hasta el último de sus días, fiel a sus convicciones, convencido de combatir a quien fuera en pos de sus ideales. Ya descansa, seguramente. Se lo ganó.



