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Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Magia de otros tiempos
El verdadero protagonista no es Pelé. Mucho menos Zagallo, el técnico campeón. Es Joao Saldanha, el periodista que clasificó a Brasil a lo del 70, pero echado de la dirección de la verde-amarelha a meses del viaje a México, por sus convicciones políticas.

Es una serie apasionante: Brasil 70, por Netflix. La historia narra el trayecto originado desde la carnicería portuguesa contra Pelé en Inglaterra 66, único de los torneos no ganado por los amazónicos entre el 58 y el 70, hasta la consecución de la tercera ante un Azteca contagiado por la magia de aquel equipo considerado por la mayoría como la mejor selección vista hasta el día de hoy.

El riesgo de ver esta serie ficcionada es que resulta inevitable aquello de contrastar el pasado de gloria frente a la incertidumbre del presente, sobre todo después de ver lo del debut de la penta en Nueva York ante Marruecos.

La pasión y la vehemencia de Saldanha y la sapiencia y la serenidad de Zagallo eran contrastantes, aunque ambos personajes coincidían en la vocación de preservar lo suyo: el jogo bonito, la vocación por defender el estilo de magia, espectáculo y búsqueda de goles.
El empate a uno ante los marroquíes, que dominaron y marcaron el ritmo, presentaba en la zona técnica a un representante de su antítesis, un actor militante en las antípodas de lo que abanderan los brasileños históricamente: es italiano y ha ganado mucho, quien sabe cómo pero ha ganado mucho, y lo ha ganado sumamente distante del estilo con que ha ganado la selección que hoy conduce.

Fuera del golazo de Vini (desaparecido de la cancha después de la gran postal con la que ha debutado en los Estados Unidos), de magia nada. Y, de verdad, no vean Brasil 70, la serie de Netflix (que como podrán notar me maravilló), si descubren que entonces los cinco “10” —número que se aplicaba a los talentosos, los creativos, los magos del balón, capaces de llevar la estética como estandarte—, cabían en la misma cancha, en el mismo once.
Pelé rodeado de Rivelino, Gérson, Tostao y Jairzinho, distribuidos por los costados (el primero y el cuarto), y por delante y por detrás de O’Rei (el segundo y el tercero). Pura magia para resolver todos los juegos de aquel primer gran evento jugado en México, cuya gran ventaja consistía en su selectividad, presentando 16 grandes competidores, a cambio del montón de comparsas con los 48 de ahora.

Imposible pensar en ver a ese Brasil sometido por un buen seleccionado como el de Marruecos, que debió salir de la cancha neoyorquina con los tres puntos, no con uno.

Hay otra serie, en este caso documental, Tetracampeones (Brasil 94), el relato de cómo se acabó la sequía desde lo del 70. No era la misma magia, pero ahí jugaban Romario y Bebeto, además de que los acompañaba un joven llamado Ronaldo Nazario, que se la pasó en el banquillo, no jugó a sus 17, como lo hizo en aquel 2002 cuando consumó la quinta junto a Rivaldo, Ronaldinho, Roberto Carlos, Cafú y demás célebre compañía, afín a la talla de su pasado.

Lo sé: son injustas las comparaciones, aun más, con la grandeza de lo que fue, frente a las carencias de lo que hay. Pero también son inevitables.

Avanzará Brasil. Quién sabe si como primero de grupo.