DIARIO HASTA LA FINAL (Día 28)


Por Marco Antonio Domínguez Niebla
El consentido
Es tan obvio, dicen. Tan obvio como que al América le ayudan los árbitros, o como que el Madrid ha basado su grandeza en las manitas brindadas desde la cúpula de algún ente empeñado en delinquir, en violentar la regla, trasgredirla. Lo han dicho y lo seguirán diciendo. ¿Pruebas?, ¿pruebas para qué?, es tan evidente, dicen.
Tampoco olvidemos ese mensaje instalado en la sociedad mexicana sobre que Ochoa (pese a su presencia en las seis últimas listas, cada cuatro años) es un mal portero, el peor, la “coladera”, el de la convocatoria regalada, el más goleado (aunque muchos portadores de ese mensaje sollozaban viéndolo entrar a la cancha y hasta se creyeron esa utopía del “y si sí” —leáse con fondo de musiquita de Juanga— y hasta se creyeron que México tenía posibilidades reales de ser campeón).
Son ejemplos para dar contexto a lo que pasa con lo de la campeona Argentina y Messi, el consentido, el que todo lo ha ganado sin mayor mérito que ser elegido desde hace más de dos décadas por las fuerzas oscuras del poder, como sucedió contra Egipto en los octavos de final cuando después de fallar otro penal los demonios se soltaron desde un teléfono rojo para ordenar una remontada épica con tres goles en alrededor de diez minutos.
Y así será y así lo dirán tratando de que, a fuerza de repetirlo, sus filias y fobias sean la verdad de todos. El futbol es tan inclusivo que todos podemos opinar. Y opinamos con la pasión que el juego conlleva, exultantes o despechados, dependiendo si el resultado fue favorable o en contra del equipo por el que sentimos algo. En mi caso sigo disfrutando la vigencia y las hazañas que, desde su talento, sigue escribiendo el que para mí (e insisto, para mí, y qué cada quien elija al de su preferencia) es el mejor de todos los futbolistas que he visto en esta competencia entre selecciones (muy cercano, por cierto, a un paisano suyo, el del 86).




