Apuntes perdidos

Apuntes perdidos









Por Marco Antonio Domínguez Niebla

 

Cerveza caliente. Esconde el bote tras de sí cuando lo aborda el reportero del que momentos antes se ha quejado frente a sus acompañantes. La doble jornada ha terminado y lo ingerido ha surtido los efectos lógicos. El entrevistado no soporta al reportero, aun cuando oculta su animadversión escudado en respuestas estentóreas, ruidosas. Grita como para creerse lo que dice y como suponiendo que encontrará argumentos racionales mientras más alto sea el tono de su voz. El reportero logra el objetivo de hacerlo repetir otro más de los discursos inflamados que lo han llevado a acumular tantos enemigos como fracasos por más de una década. Su mano izquierda se mueve dando forma a ademanes exagerados, teatrales, caricaturescos, dignos de cualquier tirano o dictador. Su mano derecha, no, esa sigue oculta. Para entonces, la temperatura de la bebida ya se encuentra en estado de intolerable para cualquier garganta conocedora y habituada al consumo del producto, como la de esos bebedores de domingo en el beisbol.

 

Última escala. Llega por el último café en un buen tiempo. Pasa de prisa y se despide. Por casi dos semanas no se presentará a las charlas vespertinas que sostenemos en el café de costumbre. Antes de despedirse prepara su café del día, negro, el más grande, “venti” le llaman. Después va hasta la mesa en la que a diario platicamos de cualquier tema que se deriva del deporte, esa pasión que compartimos. Afuera lo espera el transporte que lo llevará, tras algunas escalas, a su destino final, Bélgica. Allá, mi amigo José Ramón estará al lado del gimnasta olímpico. El doctor Fernández confía en que a su regreso me contará, con el respectivo café en mano, la manera en la que Daniel Corral se habrá convertido en uno de los protagonistas del Campeonato Mundial de Gimnasia.

 

Fuego. La columna de humo sale del lugar del que el reportero de información deportiva y el fotógrafo supusieron desde un principio. Un montón de gente se reúne en el bulevar costero para mirar el siniestro con celulares en mano como si disfrutaran la tragedia de las víctimas. Dos taquerías consumidas por las llamas que los bomberos combatieron durante minutos, aunque ya sin posibilidades de rescatar algo, cuando menos lo básico, lo mínimo, en dos de los establecimientos ubicados sobre esa acera. La buena noticia es que no hubo lesionados. La mala noticia es que hubo pérdidas totales. El fotógrafo lleva consigo una buena cantidad de fotos valiosas que registran los daños ocasionados por el incendio. El reportero de información deportiva no habría solicitado foto alguna si se tratara de un incendio sin repercusión dentro de su ámbito. Pero pide varias. El fuego recién consumió el negocio del que dependen los Diablos, uno de los nuevos equipos de futbol de la ciudad.

 

Tope. El reportero espera a Chuy. Quiere preguntarle qué significa para él una nueva convocatoria a pesar de los errores que cometió en los juegos cuyos resultados tienen a México aún lejos de Brasil 2014. Y no se queda con las ganas. Lanza la pregunta obvia, la que pocos parecen interesados en formularle, o cuando menos en formulársela de ese modo. Entonces, la mirada de Chuy, amable hasta antes de atajar ese cuestionamiento –como ataja los disparos a quemarropa de los delanteros rivales–, cambia, se enturbia. Pero el guardameta conserva el control, el aplomo, y dice, con la mirada ya ausente, que no bajará los brazos, que seguirá trabajando y que todos nos equivocamos alguna vez, “hasta ustedes”, afirma, dirigiéndose al reportero, que escucha la respuesta sin mirar a sus ojos. Sólo mira su frente, guardando la debida distancia, incapaz de olvidar a aquel auxiliar de Morelia que alguna vez provocó la ira de Chuy.







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