Apuntes perdidos

Apuntes perdidos







Por Marco Antonio Domínguez Niebla

 

El profe de educación física. “Le había tocado en el C, pero no, finalmente quedó en el A; ahí está la mejor maestra”. Era el profe Juanito hablándome del destino de Anael en la repartición de grupos entre los niños que estaban por entrar a primer año en la primaria Matías Gómez. Y no es que el profe Lorenzo lo hiciera mal, sino que desde el ingreso de Anael lo primero que le preguntaba, cada principio de ciclo, era eso: ¿Te tocó educación física con el profe Juanito? La respuesta de primero a cuarto año fue la misma: “No”. Fue hasta quinto año que Anael, esa chiquilla que me ha enriquecido dándome un montón de orgullos y lecciones de vida diarias desde que la vi por primera vez hace ya diez años, cambió la respuesta: “Ahora sí nos tocó educación física con el profe Juanito”. Sólo había un inconveniente: “Nada más nos da clase los lunes. Los jueves no, porque entrena a un equipo de futbol”. Eso fue hasta la última semana cuando la gente que dirige a ese equipo de futbol decidió que el profe Juanito ya no fuera su técnico por un asunto vulgar, corriente: el dinero. Y entonces pensé en la suerte de esos chiquillos del quinto A que volverán a tener a su profesor de educación física dos veces por semana: los lunes y los jueves. Y entre esos chicos está Anael. Y yo qué puedo decir sobre ese hombre que, a través de su intervención desinteresada ya hace cuatro años, influyó en la formación de la chiquilla que me llena la vida. Y eso, eso no lo paga ni todo el dinero del mundo.

 

El post it. La basura por todos lados y la pomposamente llamada zona vitivinícola en medio de una  exagerada elucubración que la transformaría a lo Punta Banda o Villas del Real o del Prado o de lo que sea, eran, entre una lista interminable, los principales argumentos de un montón de productores de vino y gente que la tarde del lunes no tenía nada que hacer, o que tal vez su trabajo les permite licencias tales como manifestarse sin tener que rendir cuentas a los horarios impuestos por un patrón, lo que ya de por sí es un lujito. Eso no lo sé. Lo que sí sé es que yo no pude ir. Y ya hablando con la verdad, no hubiera ido aunque hubiera podido. Sólo habría pasado un poco más tarde, si hubiera podido, a pegar afuera de la oficina del alcalde aunque sea un post it que habría dicho algo así como: “Señor Pelayo, también la regó en Inmudere”.

 

No retornable. Joven nuevo director, usted nada más hable, comuníquese, atienda a la gente. Explique lo que haya que explicar. No se encierre ni se enoje si lo critican. Promueva iniciativas relacionadas con su responsabilidad. Ventile las oficinas, abra las puertas, responda al teléfono. Si sigue las instrucciones de este breve manual es probable que le vaya bien durante los próximos tres años. Mírese en el espejo de quienes están recogiendo sus cosas para dar media vuelta. Y sin retorno.

 

De ligas mayores. Él en las fotos del fin de semana pasado con el “Toro” y con Loaiza y Reynoso y los mejores grandes ligas mexicanos. Él que lanzó en el histórico Wrigley Field, el de la maldición de la cabra que tiene malditos a los Cachorros. Él que tuvo de catcher, en aquel año 2000, al ahora manager de los Yankees, Girardi, destinario de los envíos salidos de su brazo zurdo privilegiado. Él que fue invitado a Culiacán para ayudar a los damnificados de aquellas tierras donde llegó a brillar como rival de los locales Tomateros desde el montículo del legendario estadio General Ángel Flores. Él tan sencillo y humilde como siempre, atento y dispuesto a la invitación del “Chicote” Ayala. Él, el mismo que se fue tan joven de Maneadero para codearse quienes han tocado el punto más alto al que aspira cualquier beisbolista sea donde sea que haya nacido. Él tan virtuoso a la hora de lanzar la pelota de beisbol, aun cuando su mayor virtud no sea esa, porque Daniel, antes que nada, vaya tipo que es.







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