Marco Deportivo :: El señor de la tienda

Los que lo vieron dicen que nació para el deporte. Que era un super dotado. Uno de esos hombres tocados por Dios para desempeñar con talento cualquier actividad física. Corría, lanzaba, saltaba, nadaba, boxeaba, hacía de todo. Hombre, además, de formación militar. Por cuestión generacional, nunca lo vi en las pistas, ni en las canchas. El recuerdo más lejano que tengo de él, es detrás del mostrador de su tienda de deportes, por donde me gustaba pasar sólo para ver los balones de futbol colgados sobre el aparador, o las fotos de los beisbolistas más famosos de la época. Mientras veía los artículos que adornaban las vitrinas del pequeño local ubicado en la avenida Juárez, mi padre pasaba y lo saludaba con el mismo entusiasmo con el que él le contestaba. Después iniciaban la charla, bromeaban y reían, antes de despedirse con el último comentario que generalmente provocaba la carcajada de ambas partes. Por esos días, Ensenada era otra. Dicen que toda la gente se conocía, o cuando menos todos lo conocíamos a él. Al paso de los años, ya ejerciendo el oficio periodístico, seguí escuchando, cada vez con mayor insistencia, el nombre de la persona a la que mi padre saludaba con tanta familiaridad. Si el trabajo a publicar era de un legendario equipo de futbol, su nombre estaba entre los fundadores. Lo mismo pasaba si el equipo festejado era de softbol o de beisbol. Si el trabajo requería investigar la historia de los espacios deportivos de Ensenada, lo mismo. Maestro y guía, formador de las nuevas generaciones en la vieja pista que dejó su lugar al campo de futbol Nueva Ensenada a finales de los setentas. O su trascendencia reconocida en el campo de softbol más importante de la ciudad, bautizado en su honor. Su nombre siempre presente, siempre ligado a la historia deportiva de Ensenada. Tanta memoria, tanto deporte, tantos recuerdos seguirán ahí, muy dentro de él, auténtica leyenda viviente. Hoy son tiempos de calma, de descansar en casa, cobijado por una familia en cuyo seno inculcó el ejemplo: todos, hijas e hijos, heredaron parte de su talento, su pasión por el deporte. Y su legado continuará vivo de manera permanente. De eso estoy seguro, sobre todo cada vez que veo a Emiliano, uno de sus nietos, su viva imagen, a quien irremediablemente terminó relacionando con aquella mirada alegre, con la sonrisa amable y espontánea, con el comentario ágil e inmediato de José “Prieto” Soto, el señor de la tienda.
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