Marco Deportivo :: Espejito, espejito…

Su rostro maltrecho está frente al espejo. Se mira con atención y detecta el gesto de insatisfacción. A un lado, en la penumbra, deja la gorra con las iniciales del estado al que le ha vuelto a fallar. Las mismas promesas de todos los años y las mismas decepciones por finalmente no dar la talla. De las medallas de oro que prometió, no consiguió una sola. Se mira fijamente a los ojos y no lo soporta. Trata de mentirse a sí mismo como tantas veces, “no es culpa tuya, no es culpa tuya”. Pero esta vez no logra convencerse en el primer intento. Ya son trece años de enfrentarse una y otra vez ante su reflejo, abatido por nuevas derrotas. A su mente vienen los reclamos de los chicos que quedaron en el camino, eliminados de las listas por no ser amigos del amigo, o porque sus alcances económicos no estaban a la altura de su talento deportivo. También recuerda a los mánagers que ganaron su lugar en el terreno de juego, pero que fueron echados del proceso por no ser parte de su grupo de incondicionales, sus afines. Viéndose una y otra vez, prepara su nuevo discurso, pero no le convence. Se siente repetitivo, falso. Sin embargo es hábil para encontrar excusas al fracaso y por fin halla el tono de su próxima arenga. El veredicto de culpabilidad será dictaminado con severidad sobre el mánager, los jugadores y el encargado de regular las categorías menores. Él no falló, no falla nunca. Todos le han vuelto a fallar a él. Su líder, su ídolo, su mentor, se lo dice cuando le entrega el mismo reconocimiento de todos los años como pago a su lealtad: “eres el mejor del país, nadie como tú”. Pero los fantasmas lo rondan. No se siente en paz. Sabe que está acorralado por sus detractores, gente que daría cualquier cosa por verlo fuera, incluso personajes cercanos a él, a su entorno. Necesita desahogarse, por eso acude al espejo para decirse a él mismo que ha sido el mejor, el que ha elevado el nivel de su deporte como nadie. El ritual termina, se pone de pie tranquilo, como nuevo. La ley, esa a la que tanto recurre en sus encendidas alocuciones, está de su lado. Para eso la modificaron él y los suyos. Con los ajustes necesarios, el resto de su vida, si es preciso, está garantizada en el cargo. Al final, toma el teléfono para hablar con su tesorero. Los afiliados tienen que reportarse. La caja registradora necesita dinero. De algo hay que vivir.
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