Apuntes perdidos








Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Género. El debate se limita a una sola letra. Campo Nueva Ensenada o campo Nuevo Ensenada. Adentro hay un letrero que dice campo Nuevo Ensenada. Afuera hay otro que dice campo Nueva Ensenada. A mí me suena mejor escribir campo Nueva Ensenada cuando se disputa un partido de futbol en ese escenario, así como si se me diera mejor escribir que no es él sino ella. Que otros lo llamen Nuevo Ensenada, así muy varonil, ahora que ha dado por calificarle como el “Infierno”, en referencia a sus huéspedes de la Tercera División. Total, cosa de género para señalar esa cancha que, aun con el moderno pasto sintético, da sensaciones a asunto viejo, a cosa vieja. Así, con doble calificativo en ambos géneros, para no entrar en debate.

Banda angosta. Las redacciones esperan la nota. Once de la noche, si bien va, cuando cae el último out: el 27. La información, generalmente, ya lista para publicarse en ese instante y a punto de ser enviada desde el lugar de los hechos a las redacciones de los diarios que dan trato de liga profesional a la liga apenas de desarrollo. Sólo que en la décima temporada las cosas marchan igual que en la primera y la segunda y la tercera y la cuarta y así sucesivamente hasta la novena. Si habría que volver a titular este apunte, aparecería algo así: El viejo deportivo Antonio Palacios, los Marineros y su servicio de internet.

Recurriendo a los clásicos. Y sí, a veces en el deporte de Ensenada ronda la incertidumbre. El pomposamente llamado “Estadio de Ciudad Deportiva” no es estadio. Es obra negra desde hace como siete años y no se ve para cuando “las futuras estrellas del futbol de casa tengan un verdadero estadio donde mostrar de qué están hechos”, dirían los cronistas clásicos. El campo Nueva Ensenada (o Nuevo Ensenada) sigue siendo el mismo escenario apocalíptico de mis años de infancia con ese hedor a sanitario desprendido por todos lados y su graderío cuarteado, sellos distintivos del lugar desde tiempos inmemoriales cuando los futbolistas se rebelaron contra la autoridad que intentó despojarlos del recinto pisado por “las más grandes glorias del balompié local, aquellos hábiles delanteros, mediocampistas virtuosos, zagueros impasables y arqueros de reflejos felinos”, dirían los cronistas clásicos. Y cómo omitir al deportivo Antonio Palacios, ese recinto remozado pero igualmente echado a su suerte mientras no haya interés de quienes lo utilizan como moneda de cambio para hacer negocio ahí dentro echando por delante a “los mejores peloteros que ha dado esta tierra fértil en la producción de estrellas del diamante, lanzadores de velocidades extraordinarias y bateadores de swings descomunales”, dirían los cronistas clásicos. Y así, el gimnasio Óscar “Tigre” García ha sido “semillero de los tantos talentos del boxeo, el voleibol y el baloncesto que han dado lustre a nuestro deporte, representándonos dignamente a todos los niveles”, dirían los cronistas clásicos. Y sí, a veces es preciso acudir a los clásicos para “evocar los momentos de fantasía brindados por nuestros grandes deportistas y adornar un poco la realidad”.

El epílogo del dictador. El hombre parece esconderse: cabeza gacha, mirada esquiva y las manos intentando disfrazar cualquier asomo de la humillación que hace presa de él. Las fotografías lo evidencian. Y es que ha sido atrapado en flagrancia por un tribunal del deporte que lo tiene en posición vulnerable desde que empezaron a ser investigadas cada una de sus acciones. Ya no más sanciones arbitrarias emitidas al calor de un berrinche. Se acabaron las amenazas lanzadas desde el envanecimiento que da el poder. Sabe que tiene los días contados. El beisbol de Baja California empieza a respirar. Fueron dieciséis años.