Es al primero que vi cuando ingresé a la cancha. Delgado, muy delgado, con gesto de preocupación y mirada triste, sentado en la banca como escondido. Estuve a punto de abordarlo justo ahí, antes de que empezara el juego de su equipo, pero preferí entrevistarlo más adelante, sólo por si hacía falta material. Antes, ya había encontrado y entrevistado a Nacho Ambriz, aquel mediocampista legendario, capitán de la selección mundialista de 1994 y del bi campeón Necaxa de los noventa. Hombre sencillo de charla fácil, hoy afianzado como técnico del San Luis, después de servir de auxiliar al “Vasco” Aguirre en el Osasuna y el Atlético de Madrid de España. Nada más y nada menos. Un buen tipo. Mientras tanto, ya en la cancha del Estadio Caliente de Tijuana, el hombre preocupado, entrecano, de camisa blanca con el escudo del Puebla sobre un costado del pecho, pantalón gris y zapatos negros, seguía dando gritos perdidos que sus jugadores parecían desestimar. En la otra banca estaba el “Rey Midas” del futbol mexicano, Víctor Manuel Vucetich, igualito en persona que en la tele. Poco antes había ingresado a la cancha sonriente, con su rostro rozagante, sus grandes ojos expresivos, y su cabellera rizada y abundante, ya casi blanca por completo. Saludo enviado desde la tribuna, saludo contestado por el entrenador bi campeón con los Rayados del Monterrey. Por una de esas cosas que tiene el futbol de pre temporada, el Puebla, dirigido por el hombre de expresión acongojada, superó a unos regios con más ausencias que presencias. Al terminar el juego, la rueda de prensa. Por Monterrey, Vucetich, hábil para responder cualquier pregunta, amable con todos quienes le solicitaban la foto o el autógrafo. Un buen tipo. Por Puebla jamás llegó el técnico de semblante angustiado, pero a cambio los reporteros recibimos a la figura del partido, Damarcus Beasley, anotador del gol de la victoria y experimentado seleccionado de los Estados Unidos. En ese momento, sobre la hirviente cancha de grama sintética ya jugaban el San Luis de Nacho y los Xoloitzcuintles de Joaquín, el mundialista mexicano en 1994, Del Olmo, el referente del América legendario de Leo Beenhakker, hombre inscrito en la historia deportiva de Tijuana por ser el responsable de sellar la visa hacia la primera división. Joven, accesible, carismático, adorado por todos los vestidos de rojo y negro en la “perrera” del bulevar Agua Caliente. Un buen tipo. En eso, durante los primeros minutos del juego entre Xolos y Gladiadores, de los vestidores salió el cuerpo técnico del Puebla, encabezado por la presencia de su titular, después del triunfo sobre Monterrey. Cuando subía los escalones de la tribuna hacia los palcos, lo vi y me acerqué para hacerle alguna pregunta sobre su equipo, pero en eso se me adelantó un aficionado cuya solicitud no alcancé a escuchar. Sin embargo, la respuesta fue en un tono más perceptible: ¡Déjame ir a ver el juego, hijo! El aficionado, sorprendido por la respuesta, se retiró sin hacer comentarios, mientras Sergio Bueno, el técnico que descendió con Necaxa, el mismo que no pudo ascender al León, el que ha fracasado una y otra vez con cuanto equipo de primera división ha dirigido, buscaba acomodo en el palco con la esperanza de poder ganar algo en su vida, aunque sea en la final del torneo cuadrangular amistoso cuya final se juega mañana sábado en Tijuana.

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