Marco Deportivo :: Hoy no quise escribir de deporte

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“Tres pesos nomás, voy llegando, vengo de fuera y quiero comer… tengo hambre…”. Apenas lo miro, niego con la cabeza y sigo escribiendo. Es el segundo indigente que me aborda en cuestión de minutos sobre la acera del bulevar costero, desde la zona del Mercado Negro hasta la Macheros. Decido que la terraza del café donde espero a mi entrevistado no es el mejor lugar para hacer tiempo y paso al interior. Llega el entrevistado, platico con él, sigo atento su explicación mientras veo por la ventana que otro limosnero acecha a quienes unos momentos antes eran mis vecinos de mesa. El entrevistado se va, redacto la nota (los ecos del nacional de la dictadura), salgo del café y cruzo, todavía sobre el bulevar costero, de la Macheros hacia la Plaza Cívica, la de “las tres cabezas”. En tan solo unos metros salen a mi encuentro dos pedigüeños más: “tres pesos, compa, nada más tres pesos, o lo que traigas”. Respondo de la misma manera: no, con un simple movimiento de cabeza. Todos se ven igual, tan desesperados, tan necesitados, tan enfermos, todos pidiendo tres pesos, que parece ser la tarifa oficial. Aunque no es día de crucero ni hay turistas, el bulevar costero parece un refugio de pordioseros, insoportable para quienes caminan por ahí. Por eso, prefiero cambiar de rumbo hacia la calle vecina: “la primera”. Ahí parece haber más calma. Avanzo a pie y llego hasta el periódico, frente al Cobach, para checar los últimos detalles del material a publicar. Reviso las notas, la columna que ya escribí y me retiro. En el camino a casa, encuentro otra escena dramática: un hombre de cabellos negros y largos, descalzo y cubierto de mugre, duerme –o tal vez agoniza– sobre unos matorrales que alguna vez fueron jardín, al lado de la instalación donde operaron por años los Cinemas Gemelos. La imagen me impresiona de tal manera que un chico que observa, desde un centro comercial vecino, a unos metros de distancia, me llama para comentarme que ese hombre tiene días deambulando por la zona. Es más, me dice, “hace rato estaba igual, tirado, como muerto, afuera de “La Cochinita”, pero nadie le hace caso, a ver si ahora sí responden, ya pedimos que manden una patrulla o una ambulancia”. Le deseo suerte y, todavía con la impresión, cruzo la calle que da al monumento a Lázaro Cárdenas, camino hacia la explanada cuando siento un murmullo que me obliga a voltear a mi costado izquierdo. Al girar, ahí, al pie del monumento, en plena avenida Reforma –una de las más transitadas de la ciudad–, seis indigentes, apilados, “adornan” el espacio originalmente creado para honrar la memoria del ex presidente michoacano. Ahí duermen, ahí hacen sus necesidades, ahí tratan de sobrevivir aunque sea por un día. Ya es tarde, más de las nueve de la noche, pero, por fortuna, todavía estoy a tiempo de hacer cambios. Hoy, por favor, olviden el nombre de esta columna. Soy ensenadense, siempre he vivido aquí y después de ver todo lo que vi, esta noche no quise escribir de deporte.

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