Era un hombre grande, imponente, tal vez por eso aquel niño recuerda el encuentro como si hubiera sido ayer, aun cuando hayan pasado tantos años. El hombre entró a una oficina de gobierno donde el padre del niño lo saludó dirigiéndose a él como “Sensei”, o algo así. Entonces el niño entendió que se trataba de un instructor de artes marciales. El hombre se le acercó al niño y revolvió su cabello, girando su mirada al padre. “¿Es su hijo?”, preguntó. “Sí, el de en medio”, respondió. El hombre se dirigió al niño: “A ver, muéstrame las manos”. En el acto, el niño las estiró, con gran seguridad y un gesto adusto, tratando de ponerse a la altura marcial de quien daba la instrucción. El hombre masajeó con tosquedad los nudillos, los dedos y las palmas de las pequeñas manos, propias de un niño entre seis y siete años, recién estrenado en las primeras riñas escolares. Atento, con curiosidad, el padre miraba la escena, justo cuando el hombre de manos correosas volteó y, gesticulando como si fuera a anunciar una desgracia, le dijo: “no, su chamaco no tiene manos para el Karate, se va a dedicar a escribir o algo por el estilo”. El niño entendió, a partir de ese instante, que no cualquiera podía ser karateca, o cuando menos, no cualquiera podía ser karateca de los buenos. El Karate cambió de significado para el niño desde aquella vez que ese hombre tocó sus manos prediciendo que no servían para practicar su disciplina, con una honestidad tal que, al diagnosticar su futuro en los tatamis, sacrificaba un potencial cliente que podría haber aumentado la cuota de alumnos inscritos en su escuela. Hoy aquel niño, ahora adulto, recuerda a ese hombre después de tantos años, sin imaginar qué fue de él. Si lo encuentra por la calle, o en algún torneo, no lo reconocería. Sería imposible después de tanto tiempo. De lo que está seguro es que, si aún vive, habrá festejado el tercer lugar continental que logró un karateca de Ensenada en los Juegos Panamericanos de Guadalajara. No tiene duda que ese hombre, cuya identidad desconoce porque es probable que ni siquiera haya escuchado su nombre aquella vez, estará orgulloso de la actuación de Daniel Carrillo, el medallista de bronce en Guadalajara, apenas a los veinte años de edad. Después de todo, el periódico local publicó la nota escrita por el reportero al que aún siendo un niño, ese hombre le vaticinó que sus manos servirían para escribir, no para pelear.

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