Marco Deportivo:: Clones a la “Baja”


Ahí estaban. Eran ellos. Los dos, en persona. El viejo millonario y el empleado fiel. No sé si lo soñé o lo imaginé, pero yo los vi, estoy seguro que los vi. El viejo millonario caminaba entre el ruido infernal generado por su negocio sobre las calles de la ciudad, y el empleado fiel lo seguía de cerca, le hablaba en inglés, parecía querer complacerlo en todo. Dudo haberlo soñado o imaginado, fue demasiado real. El viejo millonario fingía su amor por la ciudad en la que ha hecho su fortuna, la elogiaba, se desvivía en halagos para su gente, sus escenarios naturales. El empleado fiel permanecía ahí, como sombra, detrás de él. Mientras la ciudad estaba de cabeza, el viejo millonario sonreía, malicioso, viendo su negocio marchar sobre ruedas, literalmente sobre ruedas. A todo motor. Su sonrisa cambiaba cuando el empleado fiel estaba cerca de él. Entonces el viejo millonario se convertía en un capataz codicioso que giraba instrucciones precisas. No sé si lo soñé o lo imaginé, pero podría asegurar que en cada charla ambos personajes urdían un nuevo plan para amasar aún más su fortuna a expensas de la desgracia ajena, el caos vial, el deterioro del entorno y la contaminación de la ciudad en la que han lucrado por años. Cuando el empleado fiel susurraba de nuevo al oído del viejo millonario sentía escucharlos planeando la nueva estrategia para responsabilizar a las autoridades de la ciudad de los problemas generados por ellos, o buscando la manera de sobornar a las mismas para que no interfirieran con su próspera empresa. El viejo millonario, como tradicionalmente sucede con los hombres que tienen en el dinero su principal y tal vez única virtud, era adulado a su paso. Por donde caminaba todos hacían reverencias, comentaban, emocionados, la presencia del creador del emporio norteamericano en la pequeña ciudad. Incluso, los más inocentes sucumbían, al borde del colapso, honrados, si el viejo millonario los llamaba por su nombre. En tanto, el empleado fiel, con la eterna expresión de congoja, propia de quien defiende lo que siente el derecho de heredar, miraba con recelo a todo aquel que abordaba al viejo millonario. El fin de semana pasó. El viejo millonario y el empleado fiel volvieron a hacerlo. Se fueron, regresaron a la oficina y ni la basura recogieron. Ya regresarán a la escena pública cuando el negocio lo requiera. Sigo sin distinguir si todo fue parte de un sueño, o en realidad sucedió. Prefiero pensar que estuve dentro, como espectador, en las entrañas de un capítulo de Los Simpson y que el viejo millonario Montgomery Burns y su fiel empleado Smithers hicieron otro de los negocios de su vida en la ciudad que les ha dado fama y fortuna internacional.
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