Él viste el uniforme de los Cachorros de Chicago. Ella también. Él usa la casaca azul de entrenamiento con el pantalón de juego blanco a rayas y los zapatos azules con la marca de la palomita. Ella viste una camisa y un pantalón tan blancos como sus zapatos. Él está hincado sobre una pierna y sobre la otra la sostiene a ella, tomándola de ambas manos. Ella, orgullosa, recarga su mejilla sobre la de él. Él desborda emoción; su sonrisa lo evidencia. El fondo es un estadio de beisbol, tal vez el legendario Wrigley Field, tal vez un campo de entrenamiento. La escenografía, a final de cuentas, es lo de menos. Los protagonistas de la fotografía son él y ella. Entonces él era parte del staff de lanzadores del equipo de Grandes Ligas sobre el que pesa una maldición. Ella: la hija de uno de los jugadores del equipo de Grandes Ligas bendito para la historia del beisbol de Ensenada y Maneadero. Aquella aventura apenas duró una temporada. De forma prematura, las lesiones pusieron fin al virtuoso brazo zurdo de él. Junto a esa fotografía, hay otra más reciente. Un solo clic permite ver a los mismos protagonistas, sólo que una década más tarde. Entre las dos imágenes, hay algunas diferencias. Por ejemplo: él ya no juega en Grandes Ligas ni enfrenta a los mejores bateadores del circuito; lo hace en la liga local de donde se proyectó al profesionalismo aún siendo un chiquillo. Ella ya no es una niña; es una mujer. Él ya no aparece uniformado de beisbolista; viste una chamarra negra de piel. Ella tampoco aparece con ropa deportiva; viste un suéter gris de manga corta con blusa en tono morado. Tampoco están en un estadio de beisbol; están en casa, en familia. Fuera de eso, lo demás, lo verdaderamente importante, por mucho que hayan pasado los años, es idéntico. Él está sentado en un sillón y la sostiene a ella sobre las piernas. Ella, tal como en la primera imagen, orgullosa, recarga su mejilla sobre la de él. Él desborda emoción; su sonrisa lo evidencia, tal como en la primera imagen. Al calce de las dos fotografías, publicadas como prioridad en el muro de Facebook de él, la función de mensajes es activada por ella. En ambas, Karen, la hija de Daniel Garibay, describe con palabras lo que las imágenes transmiten por sí solas.

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