MARCO DEPORTIVO :: El hombre del chicle

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Cuando lo vi abrir y cerrar la boca con tal intensidad, me recordó al personaje interpretado por Al Pacino cuando enfrenta a Robert de Niro: “Masco chicle porque me mantiene alerta”, decía. En la escena final de “Heat”, la película protagonizada por dos de los más grandes actores de todos los tiempos, el talentoso delincuente es vencido por el dedicado policía que siempre se mantenía alerta, gracias a la goma de mascar que machaca por más de dos horas. Por eso lo recordé. Por el estilo idéntico de juguetear con el chicle. La boca abierta y adentro la pieza de un lado al otro, producto del aparatoso movimiento de mandíbula. La mirada de concentración, dirigida al cuadrilátero sobre cada uno de los protagonistas de la función de boxeo. Sentado frente a los monitores de televisión, con los ojos bien abiertos en dirección al escenario, alerta, trituraba la goma de mascar de color verde que se asomaba caprichosa como si quisiera escapar al vaivén acelerado de las mascadas. Las primeras peleas transcurrieron ante el análisis especializado del hombre que escupía el trozo pegajoso y ensalivado, ya sin sabor alguno, para cambiarlo por uno nuevo. La cartera de Trident, sabor yerbabuena, bajaba conforme crecía la intensidad de las peleas preliminares. La bolsa tipo cangurera abierta una y otra vez por su ansioso propietario, que extraía de manera rápida, como experto en la materia, una pieza más del paquete rectangular. Poco después recibió el llamado: “Al aire”. Entonces, metió su mano a la boca por última vez para dejarla libre y sonrió hacia la cámara. Lucía más relajado, como si la tensión hubiese pasado. Mientras estaba a punto de tomar su lugar en la mesa de transmisión, un aficionado, molesto con los organizadores por la distribución de los asientos en la zona preferente, arrebató una silla que correspondía a sus compañeros de crónica para llevarla consigo a unos metros de distancia. Como en sus mejores épocas, envió una mirada de fuego que hasta el coraje le bajó al atrevido que, para entonces, ya se encontraba reducido a su mínima expresión, casi desaparecido en la silla que seguramente desearía no haber tomado jamás. Después, con la satisfacción de haber dejado en calidad de gelatina al irrespetuoso, colocó sus audífonos, se sentó casi desparramado y enderezó la espalda sobre el respaldo cuando tocó su turno de comentar, con soltura y conocimiento, los combates estelares. Finalizada su tarea, atendió a cada uno de los solicitantes de fotografías y se retiró del lugar: una bodega fea, reducida e improvisada que recibió, de rebote, la desangelada función transmitida por Televisa desde Ensenada. Por la puerta de ese lugar salió Ricardo “Finito” López, el campeón mundial mexicano que hace algunos años habrá consumido una cartera completa de chicles, nervioso, con ansiedad, siempre alerta, para luego decidir con todo aplomo que era el momento de decir adiós al profesionalismo sin derrota alguna en su carrera, como el protagonista más digno en la historia del boxeo mexicano.

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