Marco Deportivo






Llevan los colores, el uniforme de siempre, pero algo desentona. Aunque la ropa se ajusta a la medida de todos, siento que cada prenda les queda grande, les pesa. En la cancha todo es desorden. Cada uno intenta por su lado, trabaja para sí, no como equipo. Su rival, en cambio, aun con dos hombres menos, disfruta de tener a su merced al supuesto gigante, a la distinguida visita. Los de casa se lucen, mueven la pelota de un lado a otro, atacan a placer, “muerden” en cada sector, se crecen desde la desventaja numérica y vapulean con saña al grande en desgracia que desaprovecha la desgracia ajena. Me digo que tengo que ser profesional para no reflejar mi afición en la crónica del juego, y ellos, con sus desatinos y su desgano, me facilitan la tarea. El desencanto llega a tal grado que lamento no sentir eso que siento pero por el otro equipo, donde todos trabajan unidos, solidarios, bajo la dirección del hombre de la bufanda que no necesita ni gritar desde el área técnica, sino sólo hacer una seña para acomodar a su equipo en la adversidad. Los minutos pasan y es inevitable que el aficionado tome como rehén al periodista. Entonces volteo a la cancha buscando al “23”, aquel “ruso” de acento argentino que desbordaba rivales como si fuera cosa fácil, pero nada, ahora el “23” es un portero en aprietos, presa del desorden de sus compañeros. Luego trato de encontrar a aquel negro brasileiro de gambeta cadenciosa y zurda privilegiada, pero a cambio encuentro su número, el legendario “13”, en un chiquillo que despeja desesperado cuanta pelota llega al área propia. Busco al “1” de melena ensortijada que, como digno representante de la escuela argentina o como orgullo de la cantera, detenía todo en los juegos clave, pero hoy nadie porta ese número de liderazgo al que toda la plantilla le ha huido. Tampoco hay un “17” ni un “9”. Nadie se llama Daniel Alberto, ni Antonio Carlos, ni Héctor Miguel, ni Francisco Guillermo. No hay Luis Robertos, ni Norbertos. Mucho menos un “maestro” que lleve el “8”. Un “10” sí hay, pero el de ahora es un cualquiera al que le dicen “Rolfi”, cuya tibieza agrede la memoria del ídolo Cuauhtémoc. Y qué decir de ese diminuto “18” al que le nada la camiseta heredada por el Ángel que fue echado sólo porque habló como hablan los que defienden lo suyo. Por las bandas no están Vinicio ni Cecilio ni Juanito, tampoco el “Cabezón”; están dos desastres registrados como Layún y Paul. En el medio campo no está un Cristóbal o un “Vasco”; están dos del montón apellidados Molina y Medina. Y el colmo: al fondo no está el gran capitán Alfredo; está un gigantón torpe de acento caraqueño y de apellido Vizcarrondo. Ha sido demasiado, el periodista tiene que reportar el empate a uno en Tijuana. El aficionado tiene que guardarse. Al final, al ver a cada uno de los jugadores dar la vuelta, es cuando entiendo todo: esos pobres que visten de azul y amarillo no pueden con el peso de la historia sobre sus espaldas.

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