APUNTES PERDIDOS

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
Clímax. La historia aún no termina. Incluso me temo que están por suceder varios capítulos todavía. Pero mientras más se acerca el desenlace, más necesaria resulta la lectura de lo que pasa por estos días, porque son capítulos clave, decisivos. Y es que justo ha entrado en escena un tribunal, una instancia federal dedicada a investigar las irregularidades dictadas por el antagonista cuya personalidad paranoica ha definido el tono melodramático de la historia. A esta altura del relato, sabe que está acorralado, que ya no puede torcer a placer las leyes y la normatividad y lo legal y lo jurídico y todas esos términos que regresan hacia él a modo de boomerang como vengándose por haber sido abaratados cada vez que los lanzó en forma de proyectil contra cualquiera que objetara sus procedimientos. La historia aún no termina. Todavía falta lo mejor. El clímax de la historia, según dicen los que saben.
El campeón. Y qué quieren que les diga si lo recuerdo como si fuera ayer aunque haya sido hace tanto. Puedo empezar por contarles que entonces los campeonatos sí que valían. Nada de que el organismo que depende de no sé quién y lo avala el que sea. No, entonces para ser campeón nacional había que subirse a intercambiar puñetazos con los mejores. La pura crema y nata. En la buena época, nada de bultos, carne de cañón. Tal vez no llegó a ser campeón del mundo, pero, como les he explicado anteriormente, entonces el boxeo era otra cosa. Si hubiera sido de los de hoy, cintos le sobrarían a Ramón en la colección, de esos que ahora que hasta se compran para luego regalarse en cuanto pasan las funciones. Y no es por menospreciar a los de hoy. Para nada. Son todos buenos chicos. Pero nada como aquellos tiempos. Ahora Ramón se dedica a compartir lo que aprendió en todas sus peleas y sigue frontal y por lo mismo polémico. Antes disparaba jabs, cruzados o ganchos. Ahora ha encendido la mecha, como si conectara sobre el mentón del adversario, certero y preciso, con una sola declaración: quiere que su nuevo pupilo, Sheke, pelee contra un boxeador talentoso en el que él mismo depositó los mejores pronósticos durante la época en la que lo vio formarse, Rocky. Y lo desafió. Sólo que en su respuesta, el promotor que le ha tomado la palabra también dio justo en el blanco y calentó el futuro combate con una referencia despectiva hacia el final de la carrera deportiva de Ramón. Y Ramón, de inmediato, al leer la nota, me ha llamado para aclararme quiénes fueron sus últimos rivales y los primeros y los de en medio, todos los grandes contra los que peleó por tantos años. Y yo le digo que no tiene nada que explicarme si yo lo recuerdo. Y qué quieren que les diga ahora si por aquellos días de antes sí que era un orgullo decir que teníamos a un campeón nacional aquí en Ensenada.
Cuidado con el chofer. Los testigos cuentan que cerveza era lo que sobraba. Cada alto, autorizado y ordenado por el director técnico y el directivo que conducía la unidad, equivalía a abastecer de la cantidad necesaria de líquido en tono ámbar cada tramo del trayecto por el pacífico. Uno podría entender que si se juega futbol y se consigue una buena cosecha de puntos de gira por los estados vecinos, resulte hasta cierto punto normal la celebración con unas cuantas cervezas. Obvio, siempre y cuando suceda en el ámbito amateur y entre mayores de edad, no dentro de una unidad que transitaba por carreteras federales llena de futbolistas adolescentes de un circuito profesional. Los testimonios, recabados por la cúpula del equipo después de unos meses, le costaron el trabajo al director técnico. Sólo a él.



