Apuntes Perdidos

APUNTES PERDIDOS

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Por Marco Antonio Domínguez Niebla

El primer sobrino y una vieja señora

No recuerdo si llovía o si había sol o soplaba el viento. Tampoco si era martes o miércoles, sábado o domingo, o qué había desayunado o si ya había comido. Tampoco recuerdo la canción de moda entonces, aun cuando ese era mi oficio, un oficio, por cierto, divertido y cómodo, pero poco gratificante: me dedicaba a programar una estación de radio pop en español. Estoy seguro de tan pocas cosas sucedidas aquel día. Que lo esperaba con ansias, con desesperación, por ejemplo. Poco más que eso. A ella la recuerdo junto a él, en la sala de casa. Habían hecho escala en camino a la gran cita. Digamos que cumplían órdenes. Recién los habían enviado de regreso: “todavía falta, vuelvan en dos horas”, les dijeron con la frialdad de quienes cotidianamente se dedican a atender urgencias de ese tipo como si fueran cosa normal. En casa, mientras tanto, todos concentrados en torno al gran acontecimiento, todos hechos un vaivén de sentimientos, de emociones. ¡Gol, gooool¡, sonaba desde el televisor. Hoy es fácil contarlo. Pero entonces todos los actores de la escena carecíamos del aplomo necesario para dar la talla frente a lo que estaba por venirse. Ella hacía una especie de ejercicios extraños que jamás entendí. Él, nervioso, sin saber qué hacer. ¡Gol, gooool¡, sonaba desde el televisor. Hasta que no pude más: ¡Ya llévala o va a parir aquí en la sala!, grité de tal modo que él me obedeció sin discusión de por medio: tomó las llaves del auto, la guió con cuidado hasta acomodarla en el asiento de copiloto antes de manejar unas cuantas cuadras, tres cuando mucho ante la cercanía de su destino. El silencio en casa, en espera del teléfono. ¡Gol, gooool¡, volvía a sonar desde el televisor. No pasó tanto tiempo, serían 20 o 30 minutos. Y desde el televisor, de nuevo, ¡gol, gooool! Y en casa, al fin, ¡ring-ring¡ “Nomás la metieron a quirófano y luego luego, sin cesárea… ¡ya nació¡”. Era él, del otro lado de la línea. Nada volvió a ser lo mismo después de esa noticia. De aquel 29 de enero de 1998 -cuando ESPN transmitió la goleada de la ya poderosa Juventus, la resucitada Vieja Señora (Vecchia Signora, dicen en Turín), sobre el ya decadente Milan por 4-1, con dos de Del Piero y dos de Pipo Inzaghi, y mientras Luis Ángel decidía irrumpir así, práctico, sin líos, como ha seguido actuando los 20 años de vida que hoy cumplió- no recuerdo nada más. ¿Habrá pasado algo más?

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