Apuntes perdidos

Apuntes perdidos







Por Marco Antonio Domínguez

 

Encuentros y desencuentros. El boxeador criticó con severidad el trabajo del director del deporte estatal. Eran tiempos de campaña y ambos se perfilaban como candidatos a dirigir el deporte con los respectivos candidatos a gobernador. Tal como acababa con sus adversarios en el ring, el boxeador se fajó soltando combinaciones dirigidas a la cabeza del director, cuyo silencio esquivó los cruzados enviados desde la otra esquina. Al final, el candidato a gobernador que presentaba la continuidad del director del deporte como una de sus ofertas en campaña, superó por decisión mayoritaria al candidato a gobernador que presentaba entre sus ofertas de campaña al boxeador. El director, ya ratificado, se encontró con el boxeador, quien ahora es asesor de una diputada. En las fotos enviadas mediante un boletín de la dependencia donde se consumó la continuidad, las miradas del director y el boxeador jamás se encuentran. En el texto del boletín se encuentran el nombre del director y de la diputada durante su recorrido por el centro que reúne a los talentos deportivos del estado. En el texto del boletín no se encuentra, por ningún lado, el nombre del boxeador.

 

La magia de la repetición. El técnico se llama Rubén Israel y se queja amargamente del árbitro. Dice que el juego no puede ser analizado porque el silbante lo estropeó con la marcación de un penal en contra que no era cuando el juego estaba empatado a uno, además de la anulación de un gol propio que era válido y que significaba el empate a dos. Pregunta tras pregunta, el entrenador coloca en el rol de verdugo al árbitro Chacón, a quien le adjudica la goleada de 4-1 que ha sufrido su equipo en Tijuana. Entonces pido la palabra y, ya un poco harto de tanta queja, le pregunto si no piensa que cuando tuvo un jugador más en la cancha, con el juego empatado, sus dirigidos pudieron hacer más, independientemente de la labor del árbitro. El técnico responde que no, porque el árbitro le estropeó su planteamiento. Suficiente, pienso, al mirar desesperado al entrenador del equipo sotanero. Cuando llego a casa veo con detenimiento y por televisión el juego que horas antes vi en vivo desde el palco de prensa. El estratega uruguayo ya estará en Cancún. Muy lejos para manifestarle que estoy de acuerdo con él. El árbitro Chacón, “tiró” aún más hacia el abismo a su Atlante.

 

¿Profesional? El chico, según cuentan, es uno de esos tantos futbolistas entre los 15 y los 19 años con un montón de facultades. Tantas que en él se basó el esquema del equipo. Liderazgo, técnica, buena estatura y marca. Un central de los buenos con todo para figurar en el profesionalismo. Fue reclutado por las fuerzas básicas del equipo que representa a la primera división en el estado, pero regresó. Fue entonces cuando lo invitaron al proyecto local. El chico pretendía dejar la escuela donde estaba becado para perseguir su sueño, vestido de blanco y en el terruño. Después de más de un mes, no pudo jugar. Su registro jamás fue consumado por la directiva del equipo. En este caso, a diferencia de tantos otros, el chico tuvo suerte, buena asesoría. Su técnico, según cuentan, adaptó a un delantero como central y le aconsejó al chico que regresará al aula. Y así lo hizo, aun contraponiendo la solicitud de su directiva. Por lo pronto, sólo se quedó sin futbol. No se quedó sin escuela. Hoy habrá que corregir al momento de mencionar el nombre del circuito y limitarse a escribir: Tercera División. Ahorremos palabras. Una cuando menos.







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