APUNTES PERDIDOS

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
Periodista y futbolista. Hansel patea el balón y lo incrusta dentro de la portería. El disparo ha sido preciso, certero. Pero no ha salido de una posición franca, frontal, cómoda. No. Hansel se ha colocado por la línea cercana al tiro de esquina y de ahí ha cobrado con tal efecto que la pelota ha hecho un extraño hasta acabar, en el segundo de sus intentos, depositada entre las redes que cuelgan de uno de los arcos de la cancha donde entrena uno de los dos equipos locales. A mí me toca mirar el balón y contener los deseos de intentar la maniobra que Hansel ha efectuado con suficiencia y tino. Hace tanto que no pateo una pelota que prefiero hacerlo en otro momento y no delante de todos los presentes. Tal vez lo intente en otra ocasión. Por lo pronto, me dedico a lo mío. Hansel me pregunta si ya entrevisté al nuevo técnico del equipo. Le digo que sí, que sólo acudí a ver el entrenamiento. Él me dice que también ya lo ha hecho. Nos despedimos. Más tarde leeré la nota que publicará en el periódico local donde trabaja. Y lo haré con espíritu deportivo. En ese terreno sí puedo competirle.
Mitomanía. Su gestión apesta a rancio porque dirige a la antigüita, como los viejos dictadores represores. Su discurso inflamado también recuerda a esos hombres aferrados al poder que han torcido las leyes, reglamentos y estatutos, para legitimar lo ilegítimo. Y en ese discurso repetitivo, siempre expresado a gritos y como si viviera en un eterno lamento, se ufana diciendo que es el mejor del país y que su asociación arrasa entre todas las demás gracias a su astucia para presidirla. Lo que ignora este directivo, caduco y obsoleto, es que el mundo avanza. La tecnología también. Y a través de las redes sociales y el correo electrónico pueden encontrarse las fotografías del congreso en el que apenas pudo rescatar un trofeo. Ninguno, por cierto, destinado a él como mejor directivo. En la foto grupal hay testimonio de que estuvo ahí. Puede hallársele en uno de los extremos, ignorado por el resto y como parado de puntillas para no quedar fuera de cuadro. O quizá aferrado a mantenerse en el cargo que le permite regresar a casa para vociferar esa mentira que, de tanto repetir después de casi dos décadas, sólo él parece creerse: soy el mejor… soy el mejor…
Intruso. Míralo y siéntete orgulloso. Llegaste a jugar ahí, en ese campo que ahora observas con nostalgia. Justo a la distancia ves completo el “diamante”. Al fondo está la caja de bateo donde llegaste a pararte alguna vez, registrado dentro de un equipo de amigos envalentonados y dispuestos a competir oficialmente después de practicar ese deporte en un baldío cercano al barrio cada tarde. Y lo encuentras tan igual que entonces, ya hace más de 25 años. Atento, imaginas cómo lucirá dentro de algunos meses, cuando la superficie terregosa sea pintada por el verde sintético que la dignificará. Te emocionas tú que fuiste un beisbolista ocasional y que llegaste a sentir el placer de escuchar el aluminio tras hacer el swing y ver rodar la pelota hasta merecer que un turno tuyo fuera apuntado en el libro de anotación como hit. Además, tú, que ni siquiera fuiste un beisbolista de verdad sino un intruso que anduvo de paso por ahí, recuerdas a aquel jugador que por esos años ya destacaba entre todos. Y no te cabe duda. Se ha hecho justicia. Lo compruebas cuando pasas por la placa donde aparece su nombre. Daniel, el zurdo, Garibay. Adórnate y catalógalo como tu contemporáneo. Aunque luego te sea necesario precisar que él, sí, siempre ha sido un beisbolista de verdad.




