Apuntes perdidos






Por Marco Antonio Domínguez Niebla

 

Oprobio. La historia contará que era un tipo nefasto. Una especie de merolico mal hablado, iletrado e ignorante. Un tipo con un alma tan siniestra como su rostro y su tufo etílico. Como sucedía en ese país por aquellos años en los que todavía las leyes se torcían por quienes gobernaban para eternizarse en el poder, había un grupo de lambiscones, adulones, lamehuevos, zalameros, ofrecedores de lisonjas y cualquier sinónimo que pueda describir a quienes pierden dignidad y principios con tal de conservar su lugar en el chiquero, el lodazal. Y ahí estaban, con excepción de un par de sus gobernados, mintiéndose a sí mismos y tratando de convencerse de que vivían dentro de una democracia. La historia, como suele suceder, contará que más tarde que temprano, en este caso como en todos, el tirano quedó solo, abandonado y en desgracia, como un recuerdo infausto de una época de vergüenza y oprobio. Entonces, sólo entonces, habrían de ser evaluados en su justa dimensión el dictador y sus cómplices.

 

Quéjate con el paisano. Le preguntan al periodista si es de Ensenada. Son dos chicos con chamarras en cuyo costado aparecen las siglas BC. El periodista responde que sí, pero antes agrega un “mucho gusto” y luego rubrica con la afirmación. Entonces conoces al delegado, al que es de allá y estuvo acá, puntualizan los chicos. El periodista responde de nuevo de modo afirmativo y pregunta ¿por qué? Pues porque es un grosero, prepotente. El periodista pregunta cuál fue la grosería y los chicos le cuentan una serie de hechos que complicaron su trabajo en representación del estado, todos atribuibles al delegado. El periodista sólo escucha y toma nota. Un día después, otro integrante de la delegación, al parecer del área metodológica, también con las siglas BC a un costado de su chamarra, aborda al periodista y le pregunta si es de Ensenada. El periodista responde que sí, pero antes agrega “un mucho gusto” y luego rubrica con la afirmación. Entonces conoces al delegado, al que es de allá y estuvo acá…

 

Bien mexicano, pero… Será que fue el primer mundial que vi. Ya sé. Lo he escrito un montón de veces. Entonces eran el “Pato”, Kempes, Pasarella, Bertoni, Tarantini, Luque, Ardiles y otros melenudos más los que vestían la albiceleste cuando levantaron la copa después de la final contra los vestidos de naranja en el mismo mundial que los vestidos de verde quedaron últimos y goleados por Alemania, Túnez y Polonia. Apenas tenía seis, pero ya me sentía muy mexicano, orgulloso de mi país. Apenas tenía seis, sí, pero ya entendía que el futbol es una pasión, una afición. No la patria. Han pasado 36 años y cinco mundiales y me sigo sintiendo muy mexicano, sí. Pero el Mundial ya lo quiero ver por la verde amarelha y los tanques teutones y la furia y la naranja y la azurra y, claro está, la albiceleste.

 

Dirección equivocada. “Felicidades por tu imparcialidad, me gusta leerte porque dices las cosas de manera objetiva y sin tomar partido”. Tuve que responder de inmediato. Era preciso. “De los que no toman partido y son objetivos estamos llenos. Yo soy de los otros. Gracias, de todos modos.”, finalicé mi respuesta al lector que, seguramente, confundió mi correo con el de algún otro.