LA COLUMNA

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
¡Luces, cámara…!
Su presencia en el lugar tiene un motivo. Disciplinado, recibe instrucciones del camarógrafo. Se tira al agua una y otra vez. Salidas en falso para el promocional. Dos carriles le han sido dejados libres para que la cámara lo capte en acción. Repeticiones. Una, dos, tres, tantas como sean necesarias para no batallar a la hora de la edición. Alguna toma sobre el gorro donde se cruzan las iniciales del estado; otras tantas sin dicho adminículo. Todas las miradas sobre él. Su estatura lo hace notar, resalta. De boca en boca se han enterado de quién se trata. Pocos conocen su hazaña o la valoran en su justa dimensión, aun cuando todos avanzan al área donde se encuentra ese joven de apenas veinte años cumplidos. Los chiquillos, sobre todo, corren a ver la puesta en escena, seguidos por sus padres que llevan los celulares en modo de cámara fotográfica, listos para disparar. Eso es. Ni más ni menos. Una puesta en escena. El hombre de la cámara propone, y él asiente, sencillo, sin poses ni discusiones. Se supone que todo era un secreto, que la prensa no se enteraría, pero dos reporteros miran el proceso de grabación mientras toman fotografías y lo esperan para entrevistarlo. Su padre, que lo acompaña, mira a la distancia, orgulloso. La sesión dura menos de lo esperado. Las cosas fluyen tan bien que en cuestión de minutos las imágenes han quedado dentro de esa cámara portada por el representante especializado en video del instituto del deporte. Finalizada la tarea, se seca al costado de la alberca y se viste. Ropa deportiva y listo. Los niños se le acercan. Uno, emocionado al verlo, cae y su rostro rebota contra el suelo mojado que le juega una mala pasada, pero se levanta de inmediato, todavía gesticulando por el dolor, y estoico posa para la foto del recuerdo como si nada hubiera ocurrido. Él cambia el semblante y cuando comprueba que el pequeño no ha sufrido daño vuelve a sonreír y los atiende con amabilidad. Un entrenador los reúne para que lo escuchen o le pregunten lo que quieran. Él, con la paciencia demostrada desde que cruzó la puerta del lugar, intercambia palabras con ellos por espacio de cinco minutos. También atiende a la prensa. Un reportero primero. El otro prefiere esperar y luego toma su turno. Es hora de partir, de dejar atrás esa alberca, pequeña y poco funcional, en la que algún día dio sus primeras brazadas y descubrió que la natación cambiaría su vida. Sale de ahí como el triunfador que es. Londres lo espera.




