Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Historia en una manzana

El futbol. Siempre el futbol como primer gran recuerdo, como la primera gran pasión. La llegada media hora antes del timbre de entrada, a las doce y media, para la cascarita de bienvenida. A la una, después de la primera sudada del día, todos corriendo a formar fila para un par de horas de clase en espera del timbre más esperado. A las tres, el recreo. El juego bueno. Más de media hora de batalla en cualquiera de las tres canchas. Las chicas repartidas entre casi todos los grados. La grande reservada para los de sexto. Reglas jerárquicas no escritas, pero respetadas. Bullicio, gritos de gol, reclamos, algarabía, escándalo por todos lados. Entre tres y media y cuatro de la tarde el tercer timbre: regreso al salón de clase con la desazón de la derrota o con la dicha de la victoria. Español, matemáticas, ciencias sociales, ciencias naturales y las otras materias, las fáciles, las del diez en automático: educación física, educación artística. Dos horas más de clase antes del último timbre, el de las cinco, la hora de salida. El reto lanzado para el siguiente día. La revancha para los que perdieron o el remate para los que ganaron. Luego las disputas en la cancha trasladadas al aula. La carrera por lograr la mejor calificación. Cada año, mayor rivalidad. Las primeras sensaciones de competitividad, de querer ser mejor que el compañero de al lado, para pelear por uno de los tres diplomas, de la misma forma que se ha peleado cada balón en la cancha de juego. Los primeros afectos también. Los primeros amigos fieles. Los primeros enemigos. Los primeros coqueteos entre primero y cuarto, convertidos en cortejos entre quinto y sexto. Los primeros pleitos. Las complicidades. Las rencillas. Niños convirtiéndose en hombres al final del camino. Seis años de acudir a diario a ese lugar, a ese terreno tan cambiado pero tan igual al paso del tiempo. Tantos recuerdos forjados por las tardes, de una a cinco. Las visitas ahora son por las mañanas, de ocho a doce, horario en el que la escuela muta de Maestro Alfredo E. Uruchurtu a Maestro Matías Gómez. Sólo eso cambia: el nombre. Lo sé cuando guardo los recuerdos para sacar mi cámara y fotografiar a esa niña de tercer año que recibe un diploma y escribe otro capítulo inolvidable de mi vida en esa manzana que sigue siendo tan mía como lo fue entonces, hace ya tantos años.