Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Caminando

Camino. Voy de memoria. Conozco todas las calles. Jamás me perdería en esta ciudad. Es la ciudad donde nací. Mi ciudad. A cada paso apunto todo en mi mente, decido lo que estoy por hacer. Planeo sin dejar de caminar. Avanzo. Me detengo sólo para comprar algo. Cargo la grabadora, coloco las pilas recién compradas y sigo mi camino. Sé a dónde voy. No me pierdo. Disfruto cada avenida, cada calle. Las siento mías. Son mías. Mido las distancias y acierto en el cálculo. Cada cambio de luces como de memoria. Todos los semáforos de rojo a verde en cuanto cruzo, como si esa fuera la forma de saludarme, de decirme que me conocen de verme a diario por tanto tiempo, como un par de viejos amigos. Mis pasos me llevan firmes, decididos. No miro el reloj. Ya lo hice al salir de casa. Sé que llegaré a tiempo. Siempre lo he hecho cuando camino. Llego a mi destino y saco la grabadora. Busco las historias que puedan conmoverme, las historias dignas de contarse. Para eso caminé. Por eso camino. Veo a un tipo vestido de beisbolista que camina hacia mí. Al principio es uno más, un gran pelotero, pero sólo uno más. Luego me cuenta su historia y ya no puedo verlo como uno más. Me narra cuánto ha caminado y cuánto ha navegado, cuánto ha huido de aquella isla para darle sustento a su familia, para ser alguien lejos de la dictadura. Le doy la mano y le digo que fue un gusto conocerlo. Camino con esa historia en la mente y avanzo. Llego a mi otro destino. Ahí encuentro a un chico de veintiún con los guantes bien puestos. Se quita la máscara protectora y sobresale su nariz abultada y chueca por los golpes. Me narra cómo caminó hasta encontrar su destino un día cualquiera, el menos imaginado. Me despido de él después de enterarme que ha ganado doce de sus trece peleas profesionales y le deseo suerte en su próxima salida. Me retiro y sigo caminando. Los semáforos cambian de la misma manera por la Reforma que por la nueve que por la Ruiz. Mi camino está marcado por todas esas calles. Llego caminando hasta la primera. Tantos recuerdos, tantas historias por esa calle. El Cobach, mi preparatoria. La Migoni, mi secundaria.  Cuánto he caminado por esa acera. Miro hacia enfrente. También por ahí hice camino, tanto camino como quise y por el tiempo que quise. Volteo y desde enfrente escucho el ruido de la prensa mientras salen las primeras secciones del periódico. Avanzo, no me detengo. Mis calles me esperan. Sigo caminando.