LA COLUMNA

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
¡Gracias!
Llegas tarde. Prefieres llegar tarde. Temprano para qué con tal gentío. El primer y único lleno de la temporada, imposible caminar entre las estrechas gradas centrales o laterales. Decides escuchar el juego por la radio. El pitcher de casa está tan fuerte y el bateo tan oportuno que no hay otra posibilidad imaginable: esa noche habrá campeón. Ordenas un café, escribes otra cosa y sigues escuchando el juego. Las entradas avanzan. El marcador aumenta a favor de los de casa. Ya no son cuatro carreras, ya son cinco y luego seis. Lo vuelves a pensar, convencido: esa noche habrá campeón. Ya es la séptima entrada, momento de dirigirte al campo. Llegas en menos de quince minutos. Cuando ingresas al estadio confirmas lo anunciado por la directiva del equipo desde horas antes, lleno total, y también confirmas que hiciste bien en llegar ya casi finalizado el juego. Tratas de colocarte en algún recoveco de las gradas centrales, pero es imposible. No alcanzas siquiera a ver la pizarra. Entonces te vas hasta la zona derecha del campo, entre la primera base y el fielder. Te paras de puntillas y ves la pizarra: 6-0 en el cierre de la octava entrada. Tenías razón: esa noche habrá campeón, sin necesidad de un séptimo juego. Pero esa no es la gran nota. La gran nota es que el pitcher de casa no ha recibido hit. Te subes a una de las gradas, la más alta. Y nada. Apenas alcanzas a ver al pitcher porque la afición está de pie y eso te impide apreciar el lugar donde termina la escena: el home plate. Mucha gente, demasiada, tanta que sigues sin ver lo que sucede en el campo de juego. Qué negocio, compruebas una y otra vez, mientras miras a tu alrededor. Escuchas la algarabía y adivinas (porque no ves) que el equipo de casa está a un out del campeonato y su lanzador está a un out del juego sin hit ni carrera. Hay un hombre en base, pero el bateador parece hombre sentenciado. Sin embargo, ese hombre casi sentenciado, con dos strikes en la cuenta, saca el batazo que echa a perder el broche de oro de la fiesta. Y no es un hit cualquiera, es un hit productor de carrera. Pero, de inmediato, el pitcher de casa se repone y saca el out veintisiete. Campeones. Fiesta. Cerveza volando. Los jugadores bañándose en sidra. Por fin logras entrar al campo. Sacas tu grabadora y te pones a trabajar. Declaraciones eufóricas. Y los agradecimientos: «gracias a todos, sobre todo a la prensa por su difusión», dice el dueño del equipo, lógicamente emocionado, al borde de las lágrimas. Y al otro día, lo mismo. Mensajes en los medios de comunicación y las redes sociales. El equipo es campeón, “gracias a todos, sobre todo a la prensa”. Lees todo y piensas que aun cuando en ocho temporadas la directiva de ese equipo no se ha dignado a asignar un maldito asiento para que hagas tu trabajo, ya de perdida te dan las gracias públicamente por escribir lo que escuchaste por la radio y lo que adivinaste parado de puntillas en cualquier pasillo del campo, entre baños de cerveza y empujones.




