LA COLUMNA

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
I. He muerto
No existo más. Así, de un día para otro, mi autor decidió acabar conmigo. Nada le importaron los siete años que estaba por cumplir, ni las cursilerías que intenté hacerle llegar para conmoverlo, a unos días de conmemorar la fecha. Debo decir que no esperaba menos de él. Simplemente tomó la decisión, unilateral e inapelable, de prescindir de mí como si fuera un objeto sustituible, una insignificancia. He tratado de entenderlo, de encontrar una razón que le llevara a urdir el crimen y posteriormente a consumarlo. Pero no la hallo. O, mejor dicho, no quiero hallarla, porque la imagino y hasta la comparto. Nadie quiere morir, aunque al hacerlo inevitablemente todos nos convertiremos en un ser mejor del que fuimos en vida, un dechado de virtudes, un portento de honestidad, de valentía, un ejemplo. Todos queremos prolongar nuestra existencia la mayor cantidad de tiempo posible, y yo no soy la excepción. Agonizante y resignado, recuerdo mi nacimiento, mi irrupción briosa, desbocada, haciendo escribir a mi autor de todo y de todos, según lo dictaba mi criterio sobre momentos, personas, situaciones. El tiempo, al paso de los años, definió el estilo, la manera de decir las cosas, de contar las historias. Cada tercer día se hacía eterno, en espera del turno para la siguiente publicación. Tantas líneas para explicar el éxito, el sacrificio de los buenos; tantas otras para explicar los abusos, el oportunismo de los otros. Entre 400 y 500 palabras antes de llegar al punto final tecleado con la emoción de imaginar las reacciones de los destinatarios de cada envío al siguiente día. Tengo que admitir que de dos años a la fecha, las cosas no iban bien. Los primeros cinco años fueron ideales, de libertad, de escribir sin censura, sin línea. Hasta que llegaron ellos. Desde entonces todo cambió. Mi autor empezó a recibir indicaciones: “escribe de esto, no escribas de aquello, cuida tu trabajo, la empresa está sobre ti, mejor llévatela tranquila, nos haces quedar mal, mis amigos empresarios y mis amigos políticos me dicen que no les gusta tu columna, el sub director se siente aludido con los textos en los que te refieres a la gente incompetente…”. Producto de tan gentiles recomendaciones, un día mi autor se encontró en su computadora con un montón de textos dictados por mí, los cuales jamás fueron publicados. Al darse cuenta entendió que estaba autocensurándose a él y autocensurándome a mí. Por eso, el día que lo despidieron se sintió aliviado, libre para poder desempolvar esos textos escritos a su manera; a nuestra manera. Lo que lamento, en esta víspera sepulcral, es que arriba de su firma ya no saldrá publicado mi nombre. Él así lo decidió. Y yo aprovecho para despedirme con la promesa de apoderarme de sus pensamientos para dictarle cada vez que se siente a escribir. No lo dejaré nunca, porque no puedo hacerlo: estoy en sus entrañas, soy él aunque él haya prescindido de mí.
Como una última voluntad, mi autor me permitió publicar tres textos más antes de partir.
Los mismos se adjuntan en este espacio a modo de adiós como capítulos II, III y IV.
Por estos años, gracias.
“Marco Deportivo”.
II. “Pollito”
“Me dicen ‘pollito’”, revelaba orgulloso. Y remataba más orgulloso aún: “así me puso el Neto Ruffo”. Siempre, en sus juntas continuas y estériles, citaba al ex gobernador de Baja California, el primero de oposición en la historia de México y actual sotanero en la carrera por la senaduría de ese mismo estado que tanto ha cambiado en veintitantos años. “El Neto me decía que soy muy transparente, que por eso no sirvo para jugar dominó, porque se me ven las intenciones en la mirada”, remataba soliviantado el “Pollito” al hablar de su ídolo, mientras los asistentes bostezaban al oír la misma historia una y otra vez. “Yo soy muy directo, no me ando con rodeos, no, para nada, soy muy directo…”, sostenía con el pulso tembloroso frente al personal que, incrédulo, hacía como que lo respetaba y fingía que le creía. “Si llega el dueño y me grita, yo le digo: no, fíjese que no, a mí no me hable así”, expresaba alzando la voz a manera de chillido insoportable. Las miradas de sus subordinados siempre eran de complicidad entre ellos, burlones ante las manifestaciones de ese personaje cuya llegada del gobierno había sepultado la ya de por sí mermada credibilidad del diario que ahora dirigía. Entre todos, había un periodista que no creía en él y no hacía intento alguno por disfrazar su desprecio. La animadversión fue inmediata y mutua. El político no soportaba al periodista que, sin el menor asomo de pudor, le manifestaba lo que pensaba de él. Y el periodista no soportaba al político que, sin el menor asomo de gallardía, responsabilizaba de todas sus decisiones al dueño del periódico. La crisis, conforme pasaron los meses, se acentuó. El “Pollito”, tal como lo hizo durante su tarea dentro de la política o al frente de otras empresas que naufragaron con él al timón, hundió al periódico en la zozobra, la incertidumbre, empequeñecido detrás de un escritorio. El periodista se lo dijo varias veces: “desde que usted llegó, y disculpe la sinceridad, la percepción es que el periódico trabaja en la campaña de su partido”. Eso lo irritaba más que nada: “no, no, no coincido contigo, si no le damos cobertura amplia al equipo de futbol del dueño del hipódromo y si para publicarle al senador cobramos las inserciones, no es por decisión mía ni porque sean de otro partido, yo recibo órdenes…”, espetaba con la mirada en el vacío, ausente, mintiéndose a sí mismo. Poco después, el “Pollito”, amigo de Neto Ruffo al que no le gustaba publicar nada que oliera a oposición, por fin tomó una decisión propia: despido. Y el periodista se fue feliz, con la conciencia tranquila, con un desahogo en el pecho, sin trabajo pero con el orgullo intacto y una historia más por contar.
III. Paquidermo
Puja como si el esfuerzo fuera sobrehumano. Por eso no pude dejar de recordarlo cuando, sentado en la butaca, vi al elefante del circo dando pasos lentos, cortos, fatigados, como distantes el uno del otro. Cada peldaño superado, es un sacrificio monumental para ese hombre elefantiásico y triste que, agarrado del barandal, asciende lentamente hasta llegar al segundo piso con el corazón en vilo. Su respiración entrecortada ambienta la escena y la hace más dramática aún. Ya superado el desafío cotidiano, abre la puerta y camina, decidido pero torpe, hasta llegar al fondo de la redacción del diario justo donde dice “sub dirección editorial”. Ahí lo espera una jaula de cristal exclusivamente construida para aislarlo del resto del personal, tan parecida en términos prácticos a la que ingresa el elefante del circo cada vez que termina su participación en el espectáculo. Desde ahí toma iniciativas que significan una bofetada para los hombres que lo contrataron y que no saben cómo despedirlo, cómo deshacerse de él, cómo admitir el error de haberlo aceptado sin conocerlo. Inseguro, ese hombre cuyas ojeras negruzcas semejan trozos de fruta podrida, siente que sus días están contados. Lo demuestra con cada acción, con cada desvarío solapado por unos jefes de pulso gelatinoso y dignidad mancillada, verdaderos responsables del caos y practicantes de eso a lo que llaman hacerse de la vista gorda, siempre dispuestos a encontrar villanos sustitutos antes de aceptar el desatino mayúsculo que tiene nombre, apellido y jaula. Con el poder que le ha sido otorgado, el hombre de figura paquidérmica, de rostro y cuello decorado por hileras de verrugas de todos tamaños, hace y deshace a placer: urde intrigas para dividir, se entromete en la vida personal de sus subordinados, dedica miradas lascivas sobre el talle de la que sea, hace llamadas impropias e intimidatorias a jóvenes que lo esquivan con expresiones de asco, persigue y acosa a sus detractores, planea la “gorra” del día con quien se deje. Dos años han sido el límite. La paciencia está a punto de agotarse ante los escombros a los que ha quedado reducida aquella redacción. El ascenso por la escalera, a últimas fechas, se ha tornado más difícil. Los pujidos se han convertido en quejidos. Las ausencias que él mismo provocó se manifiestan a modo de tormento, de fantasmas que lo persiguen cada día. Mientras tanto, tal como el elefante del circo, sigue dormitando en su jaula, en espera del momento de huir por las noches, cada vez más solo, descendiendo por esa misma escalera, a pasos lentos, cansados, jadeante, sabiendo que su tiempo está a punto de expirar.
IV. Jaque Mate
Círculo cerrado.





