LA COLUMNA

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
Tejiendo fino
Lo único que cambia es el nombre y la manera de hacer el trabajo. Lo demás es igual. La expresión, incluso. Los ademanes también. La visita gana dos por cero tras cinco entradas. Imposible imaginar al corpulento corredor del equipo de casa avanzado de primera hasta tercera sin hit ni base por bolas. Entonces es momento de intervenir. Dos movimientos ilegales detectados en el lanzador fuereño y listo: corredor en tercera por obra y gracia de los llamados “baulks”. El bateador colocado en la caja hace el resto con una rola al cuadro. Carrera y la diferencia en la pizarra ajustada al mínimo, todavía a favor de los de fuera. Discusiones, pausa, descontrol en el terreno de juego. De un momento a otro, en un par de acciones, el lanzador que hasta ese momento sólo ha recibido un hit se encuentra en medio de la polémica. Enseguida, todavía con un corredor en base, trata de olvidar la carrera admitida y se enfoca al siguiente bateador. Se trata del hombre de mayor poder en el equipo rival. Justo en ese momento, con un solo lanzamiento, el cambio de guión. Recta en vez de curva y la pelota del otro lado de la barda. Apenas el segundo hit en su contra con consecuencias irreparables. Tres por dos a favor de los de casa. Voltereta. Después de ese inning caótico en el que ha pasado de todo, las cosas vuelven a la normalidad. El juego transcurre con las posturas lógicas de los dos adversarios que se baten dentro del terreno de juego verde y natural. Los de casa intentan ampliar la ventaja, sin conseguirlo frente al lanzador visitante que retoma el ritmo y no vuelve a admitir hit en lo que resta del encuentro. Y los visitantes intentan recuperar la delantera, sin conseguirlo frente al abridor y el relevista que se afianzan en el montículo y no permiten mayor daño en contra, hasta consumar la victoria que abre la serie final. Al caer el out 27 nadie puede cuestionar que los locales sean justos ganadores. Entonces, el umpire se acerca a la malla que delimita el campo de juego de la grada, se limpia el sudor, da un sorbo a su gatorade y expulsa un par de bocanadas placenteras mientras tira su cigarrillo. Luego se reúne con su colega antes de abandonar el campo de juego. La tribuna visitante, cuyos integrantes vivieron algo parecido una semana antes pero con un ejecutor llamémosle “burdo”, le dedica dos que tres reclamos. Nada que arriesgue su prestigio como uno de los hombres de confianza de los altos mandos para efectuar ese trabajo especializado comúnmente conocido como “tejer fino”.




