LA COLUMNA

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
Taxi azul
El calor me hace cambiar de planes. A pie, no. En micro, tampoco. Diez pesos para ir agarrado del asiento encomendándome a lo divino y lo terrenal, no es negocio. Como caído del cielo, un taxista me aborda en el semáforo. Diamante y Reforma. Diez pesos, al centro, oferta sonriente. Veo el interior y no hay nadie, solo él, el taxista, uno de esos tipos que dan confianza nada más de verlo con ese ánimo que caracteriza a la gente que ama su oficio. Todavía dudo, pero él insiste y decido subir. Diez entonces, le digo. Sí, diez nada más, está muerto el día –se sincera– nadie quiere pagar a pesar del calorón. Por el radio, Cruz Azul contra Pachuca. Hacemos el primer silencio en el semáforo de Reforma y Cortez, antes de la Juárez. ¿Llega hasta la segunda?, le pregunto. No, pero llego hasta la tercera, cerquita. Bien, respondo. ¿Cómo ve?, me dice, minuto 90 y el Cruz Azul no puede con el equipo del Hugo Sánchez, que nomás metió un gol en el primer tiempo y luego a encerrarse. En eso, mientras hace un nuevo alto en la Hidalgo y Juárez, reacciona y me pregunta: ¿le gusta el futbol? Sí, respondo, me encanta, justo veía por televisión ese juego que viene escuchando. Jodido mi Cruz Azul, ¿verdad?, cuestiona con gesto incómodo, resignado. Pues sí, le digo, llega y llega y nada. El cronista parece cantar un gol, pero rectifica, el portero Cota detiene “un jugadón individual del chamaco Aquino e impide el tanto del empate para la máquina”. El taxista mienta madres por primera vez y de inmediato vuelve a mentar madres por segunda vez. La primera por el intento frustrado de su Cruz Azul y la segunda por la sincronización de los semáforos en el centro que nos trae a alto y alto. Parados en el cruce de Blancarte y Juárez, me dice que irle al Cruz Azul es de masoquistas. Justo entonces las bocinas retumban: “¡gol, golazo de Torrado, dramático empate de los de Memo Vázquez en el último minuto!”, es el narrador del partido quien grita desde “un Estadio Azul al borde la locura”. Juárez y Riveroll, vuelta a la izquierda, “hijo de su ch…, la vimos cerca”, comenta sereno, pero con una expresión de hombre feliz. ¿Más contento?, le pregunto. Sí, aunque no lo crea, ahora festejamos el puntito de locales… no podemos pedir más, este Cruz Azul ya no es ni la sombra de lo que fue en los setentas. Allá en la esquina, le digo. Macheros y tercera, a tres cuadras del café al que me dirijo a escribir. Listo, dice, y suelta como ráfaga una pregunta cuya respuesta parece adivinar por el tono en el que la formula: ¿y usted a quién le va? Ya acostumbrado a la reacción frente a mi respuesta, únicamente espero el estilo del interlocutor para arremeter en cuanto escuche: “al América”. No, pues jodido usted, exclama jubiloso, como sintiéndose superior, o tal vez menos derrotado. Y sí, coincido, ese América ya no es ni la sombra de lo que fue en los ochentas. Ah, usted sí entiende, me dice. Le pago los diez pesos y bajo. Buen negocio a cambio de una historia fresca en la cabeza. Segunda, primera y bulevar costero. Un espresso, ordeno, para escribir la columna del miércoles, apenas en sábado.




