Por Marco Antonio Domínguez Niebla

José y Arturo

Decidí seguirlos desde que los vi sentados uno al lado del otro.

Ahí estaban José y Arturo, justo al costado de la mesa.

Ambos muy serios, recién presentados, frente al ventanal del segundo piso dentro del restaurant de los Mancilla, con vista a la calle primera.

Arturo, supuse por la solemnidad del saludo, no conocía de José más allá de su intervención como uno más de los organizadores del evento al que fue invitado.

José, en cambio, recibió a Arturo como si se conocieran de tiempo.

La parte inicial del acto en el que coincidieron José y Arturo, transcurrió sin que pudieran establecer mayor contacto.

Fecha, horario, ruta, premios, rifas… todo lo que se informa durante la presentación de las carreras atléticas.

José, ¿quién mejor que él?, tomó su turno y habló frente a los asistentes sobre el poder del deporte para cambiar vidas, para transformarlas en el mejor sentido posible.

De acuerdo a lo que alcanzaba a percibir desde mi asiento, para Arturo, José era uno más de los portadores de camiseta naranja con letras azules que anunciaban el evento atlético en cuestión.

Cuando finalizó la rueda de prensa, José y Arturo por fin pudieron platicar.

Para entonces, los tenedorazos ya estaban en su apogeo: una quesadilla para abrir y luego chilaquiles, machaca y frijoles.

Ellos, José y Arturo, ya no comían; charlaban.

José hablaba más; Arturo escuchaba.

A la distancia, imaginé que José le contaba a Arturo que él a los 24 años cumplió con la máxima aspiración de su carrera deportiva, y que a los 32 repitió la hazaña.

Intenté adivinar la réplica de Arturo, informándole a José que en su caso la máxima aspiración fue cumplida a los 20, y que a los 24 podría repetir la hazaña.

Podría asegurar, aun con algunos metros de por medio, que José le explicaba a Arturo la emoción que sintió cuando lo vio por televisión compitiendo en representación de México.

Arturo, ya se veía más cómodo, hablando el mismo idioma de José.

Lo comprobé cuando los interrumpí para entrevistarlos.

Arturo confirmó mis sospechas: ubicó de inmediato a José cuando escuchó su apellido, Reyes Ronfini, juez de baloncesto mexicano –de Ensenada, para ser precisos– en Atlanta 1996 y Atenas 2004.

Y José ratificó mis suposiciones: se le puso “la piel chinita” cuando vio el apellido de Arturo, Pérez Vertti, nadador mexicano –de Ensenada, para ser precisos–, como primer lugar de la eliminatoria de los mil 500 metros, en los Juegos Olímpicos de Londres.

Para ser un principiante en eso de la lectura de labios, no estuve tan mal.