La Columna






Por Marco Antonio Domínguez Niebla

En caravana (como campeón)

Tuvo la suerte (o la mala suerte) de siempre ser captado por las cámaras. Si el juego era en fin de semana, en horario inhábil, o si el juego era entre semana, en horario laborable, igual estuvo ahí, fiel, como uno más de la causa, aun cuando esto pudiera generarle conflictos con sus empleadores. El caso es que la emoción de ver al equipo cada vez más cerca del campeonato lo hizo olvidar compromisos de cualquier tipo. Es como si la suerte hubiera estado echada y supiera que cuando esa cámara pasara por las tribunas del estadio, su rostro rozagante aparecería en la pantalla. Todo esto, bien que lo sabía pero lo tenía sin cuidado, significaba que existían grandes posibilidades de que fuera descubierto por quienes le dieron la confianza de desempeñar un trabajo en el que, después de un tiempo considerable, no ha dado la talla. Parecía tan feliz en el estadio viendo a su equipo de futbol que resultaba increíble que fuera el mismo empleado incompetente y conflictivo que acude a trabajar de lunes a viernes, y en algunos casos también los fines de semana. La euforia por el equipo le hizo perder la noción del tiempo y de la responsabilidad.  Con su camarilla de amigos se unió a la fiesta. Y es que siempre se le ha considerado un  verdadero amigo de sus amigos, un leal compañero de aventuras, sobre todo si esas aventuras garantizan diversión y buena vida. La gota que debería haber derramado el vaso, pero que no la ha derramado aún, fue su salida a casi tres mil kilómetros de la ciudad como parte de la avanzada de turistas que se metió al mismísimo infierno para ver al conjunto de todo el estado (o casi de todo, dependiendo de la declaración que surja durante el día). Su suerte (o su mala suerte) es que hasta allá volvió a cruzarse frente a las cámaras de televisión en pleno festejo, en pleno trance triunfal, fervoroso por la victoria del equipo. A la distancia, como las cosas no andan nada bien por el trabajo, su expresión jubilosa, combinada con la palabra bancarrota, ha sido algo así como un sinónimo más de descaro o cinismo. Pero qué más da. Domingo de futbol lejos de casa y el lunes a ocuparse de lo que ha dejado en vilo por su ausencia. Aunque antes, para completar el festejo, nada como subirse al camión que siguió a los campeones, uno que iba al lado del asignado a la prensa. Y ahí, en la caravana de los campeones, el señor alcalde se topó de frente con un reportero de su ciudad, ya en lunes, festejando en día laborable, para su suerte (o su mala suerte).