Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Dermatitis olímpica

Cuando lo vi, frente a frente, no pude disimular mi curiosidad ni evitar la pregunta.

–¿Qué te pasó?

–Estrés –contestó, antes de dirigir su mirada a mi corte de pelo–. ¿Y a ti?

–Ya ves, nuevo trabajo, nuevo corte –dije al tocarme la cabeza a unos días de haber pasado por ahí la máquina con el número dos–. Pero… ¿estás bien?

–Ya mucho mejor, me hubieras visto ayer, estaba muy mal –dijo, apuntando las erupciones dibujadas en su frente, los pómulos, la nariz.

–¿Entonces estrés? –insistí todavía incrédulo, ante esa palabrita cuyas repercusiones nunca he alcanzado a comprender, tal vez porque la utilizo para justificar cualquier rabieta (“estoy estresado”).

–Sí, estrés –confirmó, y luego giró la mirada–… a ver, déjame avisarles que ya estás aquí para que platiquen contigo.

Cuando se adelantó para consultar a sus invitados, pensé en el famoso estrés tan de moda para resumir el origen de cualquier padecimiento derivado de los problemas, las presiones cotidianas, aun en gente aparentemente tranquila y relajada, como él.

Con el debido consentimiento de los entrevistados, puse manos a la obra.

Minutos después, ya finalizadas las charlas con los huéspedes, tocó el turno de entrevistarlo a él formalmente, es decir, con grabadora de por medio.

Platicamos de todo: la invitación a los visitantes, las trayectorias de cada uno de ellos, los siguientes eventos a los que va su dirigido, sus alcances en la gran cita.

Pero cuando surgió la pregunta inevitable, reaccionó con cierta exaltación:

–¿Llevas la cuenta? ¿Sabes cuántos días faltan?– disparé sin pausa, casi obligándolo a una respuesta inmediata, sin titubeos.

–¡Sí, sí sé, pero prefiero no mencionarlo, falta muy poquito, será un día después de la ceremonia de inauguración! –expresó agitando los brazos, nervioso, con ansias, así como… estresado.

La grabadora ya registraba once minutos de charla. Fue momento de guardarla. Seguimos platicando, ya de manera informal, e inevitablemente surgió la pregunta que he escuchado con más insistencia durante el último mes.

–¿Qué pasó, por qué ya no estás allá? –cuestionó intrigado sobre mi cambio de trabajo.

Por la confianza que le tengo, respondí de manera lo suficientemente amplia y sincera, y después nos despedimos.

Antes de irme, me dijo:

–No podrás quejarte. Nadie tiene la nota. Eres el primero al que llamo.

Le agradecí la exclusiva y le sugerí que se cuidara… del estrés.

Salí del gimnasio donde se prepara Daniel Corral, pensando en esa palabrita que ahora entiendo en su justa dimensión, sobre todo después de ver el rostro de Óscar, el hombre que lo dirige, a unos días del debut en Juegos Olímpicos.

Y aunque no lo dijo, tal vez para no estresarme, sus continuas miradas a mi cabeza me sugirieron que yo me cuide de mi peluquero.