Marco Deportivo






Por: Marco Antonio Domínguez Niebla

Segundón

Mira y mira el trofeo. Lo admira, mejor dicho. Es el gran trofeo, el de mayor tamaño, trofeo digno de un equipo campeón. Lo imagina en sus manos y se visualiza levantándolo en todo lo alto, desafiante frente a los detractores que durante catorce años lo han visto tropezar una y otra vez en ese nivel: el más alto nivel. Lo siente más cerca que nunca, casi tan cerca como el año pasado y el antepasado y el anterior y así regresivamente desde 1998. Está ansioso antes de la gran cita, la cita final. Se mete a la caseta del equipo, su equipo, el equipo que él mismo formó, del que siempre se enorgullece durante la primera semana de actividades, antes de ese juego, el gran juego. Piensa una y otra vez en el paso arrollador de los suyos pasando por encima de todos. Ventajas de diez carreras para arriba y sin necesidad de completar los juegos de tan superiores, tan enrachados frente a esos adversarios vapuleados y rebajados a simple evidencia de la potencia, el eterno gran favorito. Entonces, hecho lo anterior, trata de olvidar los antecedentes, el saldo entregado por los suyos cuando el rival viste de morado y viene del norte con la leyenda “Dorados” tejida en amarillo sobre el pecho, sí, Dorados aguerridos como los del Centauro. Es el triunfo que le falta para legitimarse, para ahuyentar la maldición, el fracaso recurrente, las derrotas dignas, el segundo lugar, el ya merito, la vergüenza de asumir la nueva decepción cada doce meses. Son tantas las caídas ante ese rival y en esa misma instancia, la última, que algún día, por simple probabilidad, tiene que romperse la inercia, la racha en contra, esa superioridad apabullante de un equipo sobre el otro cada vez que se encuentran en el juego de vida o muerte. Porque ganar ese juego es la vida y perderlo la muerte, el adiós. Sólo hay un campeón. El resto son “todos los demás”. Y ahí está sufriendo entrada tras entrada, carrera tras carrera: nuevamente más del otro lado que del propio. Y al final, como siempre que llega a ese punto, sale con las manos ocupadas aunque con el otro trofeo, el más pequeño, el que corresponde al equipo derrotado, casi impreso desde el inicio del torneo con la leyenda: Baja California. Las cosas no cambian: mira de reojo, cabizbajo, el otro trofeo. Lo admira, mejor dicho. Es el trofeo más grande, pero vuelve a verlo de lejos, en manos de su rival: el equipo campeón del nacional de beisbol.