LA COLUMNA
La Columna

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
Mariana
La niña le preguntó a su padre quién era la chica que saludó mientras recién llegaban al café. El padre le contó a la niña que la chica que recién salía del café era una amiga. Fue una expresión sincera, aunque el padre de la niña y la chica apenas habían intercambiado una que otra palabra en persona cuando, como ese día, llegaban a encontrarse en algún sitio, preferentemente como clientes de ese café. El padre de la niña recordó la primera vez que vio a la chica en persona y no a través de las redes sociales. No la había ubicado. Fue ella quien lo abordó, en ese mismo café, para comentarle una de las columnas que el padre de la niña había publicado días antes. A pesar de lo anterior, sintió que no mentía al calificar a la chica como eso: su amiga. La niña, ante la efusividad del saludo por ambas partes, le preguntó a su padre que de dónde conocía a la chica. El padre no halló otra introducción al tema que decirle la verdad a la niña: su amistad había nacido y crecido a través de las redes sociales después de verla lanzar la primera bola en la inauguración del equipo de beisbol local, del cual la chica se declaraba aficionada. Luego, el padre le contó a la niña parte de la historia de la chica. Empezó por la presentación que mejor la identificaba: esa chica se había recuperado de un cáncer de mama y dedicaba gran parte de su tiempo a promover acciones para difundir la detección oportuna de ese padecimiento. Entonces por eso usa el pelo corto, reaccionó la niña, con una expresión de respeto y admiración a la chica que recién salía del café. Lo demás fue abreviado lo suficiente para que la niña entendiera quién era la chica a la que su padre saludó con tal admiración: una sobreviviente, una guerrera con un poder de convocatoria tal que convertía en éxito los actos masivos organizados para compartir su experiencia de vida, su batalla ganada. Pasados algunos meses de aquel encuentro, la niña se ha enterado de la noticia y, al igual que su padre, la lamenta. Ya no verán a Mariana en ese café. Tampoco podrán recibir su sonrisa como respuesta. Como a tanta gente, les ha quedado su recuerdo, pintando de rosa la ciudad y predicando con el ejemplo. Y cada vez que se hable de ella, la niña y su padre la recordarán luciendo orgullosa los avances de esa melena que apenas empezaba a tomar forma.




