Marco Deportivo






Las palabras no me dicen nada. Más o menos entiendo lo que pasa, pero el narrador no consigue meterme en la historia. Habla y habla sin hilar la trama, sin dibujarme el escenario, los movimientos de los protagonistas, el duelo de estrategias. Simplemente relata de manera aislada lo que pasa, mientras charla de cosas que parecen formar parte de una historia ajena, no la que a mí me interesa, no por la que he sintonizado la estación de radio en la que transmiten el juego matutino de una de las ligas locales de beisbol. Apenas son dos entradas y ya me siento tan perdido como cuando leo una nota redactada por un mal periodista o una novela escrita por un mal escritor, o como cuando veo una película contada por un mal director de cine. Apago el radio y decido hacer otras cosas que me han impedido estar en el campo de beisbol. Regreso al aparato de radio por ahí de la quinta entrada. Y lo digo así, por ahí de la quinta entrada, porque transcurren las acciones sin que el narrador informe el marcador del juego o cualquier dato que me guíe hacia el destino que ha tomado la trama. Vuelvo a desconectarme de la crónica para retomarla una hora más tarde. Mis cálculos son precisos y justo una hora después tengo la suerte de que el narrador diga que ya se juega la novena entrada. Para mi mala suerte, el juego está empatado. Hay que jugar entradas extras para definir a un ganador. Con parte del material del día reporteado, decido dejar el radio encendido para conocer el desenlace. Pienso que si los equipos están empatados en el último inning y si los dos pitchers abridores siguen enfrascados en una disputa feroz por la victoria, el juego por sí solo generará las emociones necesarias para mantenerme atento, “al filo de la butaca”, como dirían los buenos cronistas, los de antes, los que hasta hace muy poco todavía me hacían más llevadera la persecución de los datos durante las jornadas de beisbol por los domingos. Sin embargo, el contador de esta historia sigue sin estar a la altura. La tendencia de su alocución es la misma: saludos, referencias que poco o nada transmiten de lo que en realidad sucede en el terreno de juego donde dos estrategas se debaten por encontrar la forma de sacarse ventaja, de hacer la carrera que destrabe lo que sigue bien trabado gracias al efectivo trabajo de los dos lanzadores. Es en ese momento cuando retomo la analogía del mal contador de historias en una pieza periodística o literaria o cinematográfica y la traslado al narrador del juego de beisbol. Por eso apago el radio. Una historia mal contada, por muy buena que sea, no merece ser seguida (en este caso, escuchada) hasta el final.

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