Marco Deportivo :: La metamorfosis del periodista

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Marco Deportivo






Qué gran periodista, qué valiente y honorable, incorruptible, decían los denunciantes. No calla nada, siempre está atento cuando lo llamamos para denunciar al dictador al que antes financiábamos pero al que ahora hemos descubierto como el gran tirano que es, expresaban enardecidos. Basta de solapar al sátrapa ese, de mantenerlo a él y a sus selecciones, tiene que caer y qué mejor que caiga de nuestra mano, la mano que terminará por darle la puntilla, el golpe de estado devastador, contundente, vociferaban soliviantados ante ese reportero al que colgaban epítetos tales como ejemplar, sin compromisos ni ataduras. Llamadas diarias en los momentos más álgidos, ya sea para machacar al que apuntaban como un déspota eternizado en el poder o para agradecerle al periodista por darles voz, por no ser como los otros, por difundir todas las versiones, las suyas en la misma medida de las de su opositor, el hombre envuelto en la bandera de la normatividad. Sin dinero y sin aliados, su final está cerca, pronosticaban cada vez que convocaban al periodista para evidenciarle el repudio que sentían por el sujeto cuya defenestración sería cosa sencilla y rápida, de días, quizá de horas. Pero pasó un año, luego pasaron dos y hasta tres. El ánimo, sin embargo, no decaía y la animadversión llegó al punto de la arenga violenta por ambas partes. Unos y otros buscaban al periodista al que insistían en llamar objetivo, imparcial y demás adjetivos que la gente acostumbra aplicar hacia quienes laboran en un medio de comunicación, como si éstos fueran un elogio o un reconocimiento o un cumplido, cuando en realidad suelen ser una carga, una apreciación inocente, una quimera. El tiempo, como suele suceder en cualquier disputa, hizo ceder a unos y afianzó a los otros. Después, durante el cuarto y el quinto año de lucha, el movimiento subversivo cedió, se convirtió en una revolución estéril, impotente ante la falta de resultados y la cada vez más firme posición de su supuesta víctima que, en vez de estar al borde del destierro, seguía coleccionando reelecciones. Al sexto año, justo al sexto año, las actitudes cambiaron. Los hechos también. El radio del periodista ya no sonó. Por el contrario, él tuvo que buscar a ambas partes para confirmar la noticia, soltada a regañadientes: reconciliación. Los rebeldes fueron aplacados y regresaron sumisos, casi arrodillados, para suplicar un perdón otorgado a cambio del orgullo maltrecho. Y el directivo ofendido terminó consolidado, fuerte, como todo ganador de una batalla cruenta, de años. Reconciliados, sólo quedaba un eslabón estorboso, incómodo, en la cadena. Por eso, la orden fue contundente: ¡cuidado!, ese periodista nomás espera cualquier comentario para confrontarnos con nuestro líder, nuestro aliado, nuestro amigo recuperado, ya saben que no calla nada, así que no le marquen más ni le contesten por tendencioso, amarillista y demás adjetivos que la gente acostumbra aplicar hacia quienes laboran en un medio de comunicación, como si éstos fueran una agresión o una descalificación o una ofensa, cuando en realidad suelen ser un elogio, un reconocimiento, un cumplido.   

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