La junta semanal en el viejo parque de beisbol se torna álgida desde el inicio.

El patrocinador enfrenta a todos los miembros de la asamblea después de hacer papilla al presidente de la liga unos días antes.

Para juzgarlo, el presidente de la liga tiene en sus manos el recorte del periódico en el que el patrocinador lo acusó de querer expulsarlo para que no le exija cuentas cuando termine su gestión.

El patrocinador ya estaba en la mira del presidente de la liga y su mesa directiva, así que esas declaraciones agudizaron el conflicto.

Mientras sostiene el recorte, el presidente de la liga le dice al patrocinador qué tiene que hacerse responsable de lo que declaró a un periódico local.

En aprietos, preocupado por la repercusión que tuvo su denuncia –acusando al presidente de la liga de manipulador y corrupto–, el patrocinador cambia de postura, recula.

Acompañado por el abogado de la familia para tratar de no caer en contradicciones, el patrocinador le recuerda al presidente de la liga quién es el periodista que escribió la nota.

El presidente de la liga ignora el comentario y el patrocinador le insiste: es el mismo periodista que te ha tirado a ti y que tú has descalificado, ya sabes cómo es, nomás quiere causar problemas, los de ese periódico son unos amarillistas, yo no dije nada de lo que publicó, él inventó todo…

El patrocinador se envuelve en su propia mentira y parece olvidar el correo electrónico que le envió al periodista denunciando lo que un día más tarde, vía radio, le confirmó: quieren sancionarme para que no participe en el proceso a elecciones porque el presidente de la liga no quiere presentar cuentas.

Ante una sala de juntas ocupada por más de veinte delegados, el patrocinador, siguiendo al pie de la letra las instrucciones del abogado de la familia, continúa con sus justificaciones asegurando que jamás puso en tela de juicio la honestidad del presidente de la liga.

Su discurso se prolonga, se amplía, teniendo como blanco, como único blanco, al periodista que, de acuerdo a su historia, inventó una nota atribuyéndosela a él.

Almazán, el presidente de la liga municipal de beisbol, escucha atento hasta que la asamblea finaliza sin que el patrocinador, el polémico Márquez, se responsabilice de lo publicado en el periódico.

Al final, el argumento del patrocinador funciona y logra que el presidente de la liga y su mesa directiva, por lo pronto, queden impedidos de aplicarle la sanción que ya llevaban preparada, pues cuando revisan el acta de la asamblea, encuentran un solo culpable y éste no es su afiliado: el periodista.

De inmediato, en cuanto salen del deportivo Antonio Palacios, varios asistentes a la junta llaman al periodista para contarle lo sucedido.

El periodista los escucha y les agradece agradece sus testimonios: por hoy, tiene una historia más que contar.

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