Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Traje a la medida

No se acercó a mí como tantas veces. Tampoco fue efusivo ni atento. Incluso, me evitó. Era otro. Su semblante, su saludo, su mirada ausente. Parado sobre el barandal de la clínica 8 del IMSS que da a hacia la avenida Reforma, apenas levantó la mano cuando lo saludé. Fue uno de esos saludos fríos que desconciertan, aún más si quien le pone esa temperatura a la réplica siempre se caracterizó por su calidez. Seguí caminando con mi hija de la mano hacia la calle Diamante. Ella no me preguntó quién era la persona a la que recién había saludado, como siempre lo hace. Percibió tanto la seriedad de mi contraparte como mi desconcierto, y a otra cosa. Supuse que, por el lugar en el que se encontraba, había sido enterado de alguna mala noticia como esas que reciben los protagonistas de las postales de dolor que se ven a diario y a todas horas sobre esa banqueta. Las noticias, sobre todo cuando son malas, se reproducen de manera inmediata. Así que apenas un día después de aquella escena me informaron el motivo de su expresión triste, apesadumbrada: problemas cardiacos. Ya no supe más desde entonces. Si lo operaron o no. Si todo salió bien o si seguiría incapacitado o jubilado tal vez. Sólo me enteré de que las cosas iban mejor. Esperé el momento de verlo nuevamente, de charlar más allá de lo que siempre interactuamos: “al rato te mando las programaciones”… “¿te llegó el boletín con los resultados?”… “hola y adiós” en alguna rueda de prensa… “qué tal, profe”… “un gusto, Marco”… Hoy lamento, una vez más, haber dejado al tiempo y sus caprichos la decisión de un nuevo encuentro. También lamento no haber publicado esa columna que ya estaba escrita en mi cabeza y que por desidia no trasladé al texto cuando lo vi pensativo y ausente, recién enterado de su diagnóstico sobre ese barandal. Hasta el lunes que me informaron la noticia lo entendí. Ya no lo veré junto al “Puma”, el “Tarzán”, el “Bule”, Pedro César y su inseparable camarilla universitaria de Cimarrones hasta la médula, todos quienes le han dado identidad a eso que hoy se llama Escuela de Deportes. Tampoco lo encontraré en el beisbol o en el basquet al lado de Jorge Soto, el “Gordo”, más que su yerno, su hijo. La UABC está de luto. Ha partido Juan Antonio González, el hombre que supo llevar como un traje hecho a la medida esa palabra con la que todos se dirigían a él: Adiós, “Compa”.