Marco Derpotivo :: Tarifa para chicos

La familia decide ir a la unidad deportiva.
Uno de sus integrantes, el más joven, va a jugar.
“Programaron mi juego en el campo estelar, el de pastito”, dice el chico emocionado.
“Vamos a verte, nosotros te llevamos”, dicen sus padres.
Cuando llegan al lugar, ven la estructura de lo que pretende ser un estadio de futbol.
El chico les explica que así será, “aquí habrá un estadio, aquí tendremos futbol profesional”.
Se acercan a la taquilla, pero el chico les dice que va a esperar a sus amigos afuera, “no ha llegado nadie”.
Los papás le piden que les muestre por dónde ingresar y el chico los guía hasta la taquilla.
El papá pregunta cuánto es por dos personas.
La chica que atiende la taquilla les dice que nada, que la nueva administración no cobra, “pueden pasar señores”.
No cabe duda, el nuevo alcalde cumplió, le dice el papá al chico, leí en el periódico que se comprometió en campaña a que nadie pagaría por hacer deporte y ya dejaron de cobrar.
Bueno, dice el chico, ahorita regreso, voy a esperar a mis compañeros afuera.
Los papás pasan; llegaron temprano y se acomodan en el graderío.
Los jugadores llegan después, el chico con ellos.
Los papás lo ven a lo lejos, “ahí viene, mira qué bien se ven todos uniformaditos”, dice la mamá.
Sí, dice el papá orgulloso al ver al hijo futbolista.
Pero, cuando estaban a punto de ingresar, los chicos del equipo son detenidos en seco antes de cruzar la escalerilla de madera que comunica a la pista atlética y al verde campo de futbol.
Papá y mamá ven a la distancia cómo los chicos abren sus mochilas, parece que extraviaron algo.
Los futbolistas voltean a verse desconcertados, mientras el resto de la gente pasa sin problema alguno.
El papá ve el manoteo del hijo, “¡ven, corre!”.
Presuroso, el papá baja las gradas, cruza el campo de juego, la pista, sube la escalerilla hasta llegar a la taquilla, ¿qué pasó?, pregunta.
No nos dejan entrar, dice el chico, secundado por las protestas del resto de los integrantes del equipo.
No, dice la taquillera, no es que no los deje entrar, es que los jugadores sí pagan, son diez pesos por cada uno.
A ver, dice el papá, cuántos son aquí.
Hemos llegado diez, dice el chico.
El papá saca 100 pesos y paga el ingreso de los jugadores.
Luego se los reponemos, señor, dice apenado uno de los compañeros del chico.
No se preocupen, dice el papá, déjenlo así.
Ya ves, papá, dice el chico cuando se dirigen hacia la cancha.
¿Qué?, pregunta el papá.
Para que no andes hablando de más y creyendo en las promesas de los políticos en campaña, ¡seguramente no nos van a cobrar por hacer deporte!
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