Columna






Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Tomados del brazo

Entró, orgulloso, tomando del brazo a una mujer. Su presencia me recordó al lanzador estrella del beisbol amateur durante mis épocas estudiantiles. El mismo caminado y el dejo de buen pelotero que sólo se hereda a través del lazo sanguíneo. Me pareció ver la misma imagen de aquellos años, sólo que dos décadas más tarde. En cuanto llegó, sencillo y sonriente como lo veo siempre, hizo un recorrido de cortesía para saludar de mano, uno por uno, a un grupo de jugadores que veían el partido estelar de la jornada luego de la ceremonia inaugural de la liga. Avanzó hasta llegar al patrocinador del equipo al que enfrentaría minutos más tarde, y también estrechó su mano. A mí no llegó porque me encontraba varias filas arriba del graderío colocado a la altura de la primera base, pero seguramente habría subido esos dos o tres peldaños, o cuando menos habría buscado el saludo a la distancia, como lo ha hecho de modo amable en varias ocasiones. Después regresó unos pasos y nuevamente tomó del brazo a la mujer que lo acompañaba. La presentó: “Mi mamá”, dijo, con el consiguiente “mucho gusto” de los beisbolistas que esperaban el momento de meterse al campo de juego para protagonizar el siguiente encuentro. La acompañó para buscar un lugar entre las gradas y la ubicó en un sitio cómodo, desde donde ella lo vería trabajar sin imaginar entonces la trascendencia del hecho que estaba por suceder. Para él, una nueva oportunidad de mostrar las hechuras de lanzador importante que dejó ver durante su proceso infantil y juvenil, ahora en la primera fuerza de una liga grande. Minutos más tarde habría de recibir la pelota del manager para tratar de frenar, desde el montículo, a la despiadada lista de bateadores del equipo invicto en el circuito mejor reforzado del beisbol amateur de la ciudad. Salí del campo apenas empezó el juego para dar cobertura a parte de la jornada dominical, pero estuve pendiente del desarrollo de las acciones, entrada por entrada, hasta la séptima, cuando la luz solar puso fin a las acciones. Lo demás fue historia, literalmente historia. El reporte, que corrió con la misma velocidad que corren las buenas noticias, reveló la hazaña registrada en el campo de Valle Verde. El pitcher de Delfines acabó con Mantarrayas, el único equipo invicto del torneo. Jorge “Pichorrita” González, el hijo del “Pichorra”, fue ovacionado por esa mujer que vivió con emoción, entrada por entrada, el juego sin hit ni carrera de su hijo, el pitcher que salió del campo orgulloso, tomándola del brazo.