La Columna






Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Nos vemos en dos años…

Llega sin cruzar saludo. Se mete al lugar, mal encarado, hasta colocarse junto a la mesa donde le tomará protesta a la directiva de la liga infantil, mientras a su paso comentan, todos bien cuadrados, que ya llegó “el señor presidente de la asociación”. Habla con la presidenta que está a punto de entrar al mundo de la normatividad y la legalidad, de la oficialidad y lo jurídico. Da ciertas instrucciones y queda la mesa puesta para iniciar con el acto formal. Le dan la palabra para que hable sobre la toma de protesta, pero él no quiere tocar ese tema tan pronto. Entonces todo se va al caño, porque empieza el monólogo repetitivo que ya de tan mencionado ni interesa ni divierte y mucho menos amedrenta (propósito común para quienes tienen que exigir el respeto a gritos y bravatas como escudo protector de su inseguridad). Desde hace catorce años acude a cualquier lugar a avalar cualquier cosa y termina denostando, atacando, descalificando, ofendiendo, amenazando y un montón de gerundios más que utiliza a modo de proyectil contra los que discrepan de sus formas. Su estrategia es maniquea. Él es el bueno y todos sus críticos son los malos: difamadores, mentirosos, vividores e irrespetuosos, entre otras descalificaciones que salen de su garganta, en ese momento ya bien calientita de tanto adjetivo escupido a modo de pleito de arrabal. El comportamiento del personaje en cuestión bien podría resumirse como el irrespetuoso que exige respeto. Las caras de todos los presentes, ya a esas alturas, denotan incomodidad. Las camisas recién estrenadas, con el logotipo de la joven liga bordado en colores sobre una tela impecablemente blanca, se tornan opacas con cada minuto consumido entre diatribas y manifestaciones agresivas del hombre que ha tomado la palabra y está lejos de soltarla. Los rostros ilusionados de los noveles directivos se transforman en muecas que persiguen, sin éxito, disimular el hartazgo que les provoca ese individuo obsesivo que repite una y otra vez sus supuestos grandes logros y luego insulta a los ausentes y a los presentes que hayan osado criticarlo de cualquier modo. Y reitera otra de sus conductas recurrentes: jamás niega las imputaciones en su contra, pero lanza el desafío para que se las comprueben. La sentencia para cerrar el acto también es reiterativa: si lo respetan y lo obedecen, si lo adulan y respaldan, gozarán de todas las virtudes que trae consigo su venia. Si no, el peso de la normatividad caerá sobre todos los que por fin levantan el brazo después de una hora, para acabar con el suplicio y hacer como que se sienten honrados con el numerito. Risas y apretones de manos tensos, antes de despedir al invitado. Todos respiran, aliviados, cuando se marcha. La próxima toma de protesta será dentro de dos años.