Apuntes perdidos

Apuntes perdidos







Por Marco Antonio Domínguez

Perdiendo el respeto. Cuando decidí dedicarme a escribir, jamás dudé. Siempre lo supe: el deporte sobre cualquier otra cosa. Incluso, sin el deporte nunca me habría dedicado al periodismo ni me apasionaría escribiendo historias protagonizadas por esos hombres y mujeres que combinan sus atributos físicos y mentales en cada sacrificada sesión de entrenamiento y en cada jornada de competencia. He visto deportistas virtuosos, fuera de serie. También algunos que suplen sus limitaciones con tesón. Crecí viendo deportistas profesionales que marcaron mi destino, pero ya en la práctica descubrí a los deportistas amateurs que han sido mi mayor fuente de inspiración. He admirado al atleta y al equipo con los más altos valores de ética. De la misma manera he entendido a aquellos equipos y atletas que desde la desazón de la derrota han perdido las formas rebasados por la pasión que genera el deporte. Toda mi vida había respetado a todos los deportistas. Pero algo pasó desde hace algunas semanas. Pude soportar malos perdedores y hasta atletas que utilizaron sustancias prohibidas para mejorar su desempeño. Lo que no pude soportar fue ver que existen atletas que se olvidaron de combinar sus atributos físicos con los mentales. Son muchos, cada vez más. Están contagiados por esa moda que llaman Harlem Shake.

Ídolo en pantalla. Lo idolatré. Cómo no hacerlo después de los golazos que hacía mientras yo preparaba mis tareas de secundaria y bachillerato. No sólo lo admiraba por sólo ser un gran jugador de futbol. Lo admiraba también por ser un mexicano puesto al tú por tú frente a cualquiera, frente a los mejores del mundo, sin complejos de ningún tipo. Después la cosa cambió. Como técnico, pese a un par de logros importantes, no ha sido ni remotamente lo que fue como jugador. Mi admiración por el personaje decreció a tal grado, que cada declaración suya me suena a chiste, a excusa de quien se aferra al pasado, a lo que fue, sin adaptarse a su realidad. Pero aún así corrí hasta el lugar en el que se encontraba. El personaje así lo ameritaba. La pantalla del estadio de Tijuana mostraba a Hugo, el mejor futbolista mexicano de todos los tiempos, entrevistado por la cadena Fox Sports antes del juego de Copa Libertadores entre los locales Xolos y el campeón del mundo, Corinthians. Lo localicé y hasta allá llegué, hasta el palco VIP, donde atendía a todos los aficionados que se le acercaban a pedirle la foto. Volteó al llamado, sonrió para la foto, pero rechazó la entrevista. “No, hoy yo no soy la noticia”, dijo. Lujos que se da el ex goleador del Real Madrid. Él, más que nadie, sabe que siempre es noticia.

Impunidad e inmunidad. Ese batazo alto, profundo, mal calculado, significó la debacle. Dos carreras en la novena entrada y adiós victoria. El debut a modo se convirtió en un infierno, una pesadilla. México contra la pared. Los dardos, al fin y al cabo, apuntan a Édgar, el hermano del “Titán”. El viejo tirano, impune, se agazapa en la tribuna cuando los italianos festejan una victoria agónica, cual si fuera mundial de futbol. El verdadero responsable goza de inmunidad.