Apuntes perdidos

Apuntes perdidos







Por Marco Antonio Domínguez

 

Reciprocidad. El atleta olímpico llama al reportero. Le solicita una entrevista. El reportero accede. Platican. También discrepan. El atleta olímpico le pide al reportero que antes de publicar el material se lo envíe para revisarlo, y además le sugiere cómo abordar el trabajo periodístico. El reportero no acostumbra a ser evaluado ni guiado por sus entrevistados y descarta ambas posibilidades. Le dice al atleta olímpico que va por su declaración para completar una historia en la que él está involucrado. Nada más. Con los días, el reportero busca al atleta olímpico a través de las redes sociales. No lo encuentra. El atleta olímpico ha eliminado al reportero de su lista de contactos. El reportero, entonces, confirma una cosa: fuera de lo meramente profesional, su relación con el atleta olímpico, en términos personales, es recíproca y plenamente retribuida.

Descuéntenle el bat. El bateador del equipo local es ponchado. Iracundo, golpea su bat contra el home. El bat se parte en dos. Pequeñas partículas de madera vuelan por todos lados. En primera fila hay alguien que reacciona peor que el jugador, aún con más ira. Primero se dirige al presidente del equipo y luego al gerente. La dueña del equipo exclama, manotea, apuntando al jugador que ha atentado contra el patrimonio de la institución, al hallarse con los tres strikes en su cuenta. De acuerdo a los antecedentes, los encargados de la nómina esperan el nombre del berrinchudo, para aplicar el descuento correspondiente.

Así de simple. El traductor omite parte del cuestionamiento. Sólo le pregunta al viejo promotor si tuvo otras ofertas antes de vender su empresa al veterano piloto que ha venido a ocupar su lugar. Cuando el viejo promotor se dispone a responder que sí, que tuvo muchas ofertas, el reportero que solicitó el apoyo del traductor interviene para precisar el cuestionamiento: why Roger Norman? Sal, el viejo promotor, pela los ojos hasta ofrecer una mirada desorbitada, perdida pero gozosa, como si se dispusiera a mencionar la palabra que ha hecho su vida más cómoda por los últimos 40 años a expensas de la ciudad donde ha amasado su fortuna, y entonces, de modo enfático, ruidoso, explica el único motivo por el que decidió vender la empresa a su sucesor: “the money!, that´s simple!, the money!”

Pocos, pero ruidosos. Son dos pequeños grupos. Desde ahí provienen los gritos emocionados cada vez que el equipo de rojo conecta un hit o anota una carrera. Del mismo modo, cuando los de blanco fallan, los dos pequeños conglomerados se expresan, exclaman, jubilosos. Son minoría. La mayoría, por estar en casa, tendría que apabullarlos en apoyo a sus Marineros. Pero no es así. Los aficionados llegados de San Quintín sí saben cómo animar a sus Freseros.